miércoles, 30 de junio de 2010

Bacterias en los cigarrillos

¿Perjudicial, el tabaco? Hay quien aún lo duda, o incluso lo niega. Sin embargo, está hoy demostrado, y así lo indica la Organización Mundial de la Salud (OMS) en numerosos informes, que el humo del cigarrillo afecta a todos los órganos del cuerpo humano, no solo al pulmón, aunque éste sea el principal órgano afectado. La OMS y otras organizaciones sanitarias advierten que el tabaco es el factor de riesgo más importante de mortalidad prematura y de mala salud, por lo que resulta socialmente muy costoso, tanto económicamente, como humanamente.
Y es que el tabaco es la principal causa de cáncer de pulmón y el factor de riesgo más importante de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, que se caracteriza por una obstrucción continuada del flujo aéreo pulmonar. Además, el tabaco incrementa el riesgo de otras enfermedades respiratorias, como el resfriado común, la gripe, el asma y la neumonía, para mencionar solo unas pocas.
Los estudios realizados acerca de los efectos del tabaco sobre la salud se han centrado, sobre todo, en las sustancias químicas contenidas en el humo. Resulta sorprendente que de él se hayan aislado más de 3,000 sustancias diferentes, muchas de ellas con efectos muy perjudiciales para la vida de las células y para su integridad genética. Prácticamente, cada calada que damos a un cigarrillo daña al ADN de alguna de nuestras células pulmonares, que puede entonces convertirse en tumoral. De no poseer las células la capacidad de reparar su ADN dañado, como sucede normalmente hasta que el tabaco acaba por dañar al propio mecanismo de reparación, el tabaco nos mataría de cáncer mucho antes.
Fermentación tabáquica
La originalidad del nuevo estudio al que me refería arriba, publicado por investigadores de la universidad de Maryland, EE. UU., en la revista Enviromental Health Perspectives (Perspectivas de Salud Medioambiental), reside en que su enfoque no se centra sobre los efectos de una u otra sustancia química, sino sobre las bacterias contenidas en el tabaco. Los autores demuestran que dichas bacterias pueden ser inhaladas vivas junto con el humo y alojarse en los pulmones. Aunque no es el primer estudio que se realiza sobre este tema, sí es el primero en utilizar potentes técnicas de biología molecular que permiten detectar miles de especies bacterianas a la vez.
Los científicos estudiaron las bacterias contenidas en cigarrillos de cuatro marcas comerciales y los encontraron poblados por más de setecientas especies diferentes de bacterias, muchas de las cuales son conocidos agentes causantes de enfermedad. Antes de que el calor pueda acabar con ellas, la aspiración del humo arrastra con él a las bacterias contenidas en la parte del cigarrillo aún no quemada y permite que alcancen los pulmones de los mil doscientos millones de incautos fumadores que pueblan el planeta.
¿De dónde provienen estas bacterias? Normalmente, la superficie de las anchas hojas del tabaco ya contiene bacterias, aunque en menor cantidad que el tabaco elaborado. Durante el proceso de elaboración de cigarrillos, las hojas del tabaco fermentan en condiciones que permiten un denso crecimiento bacteriano, lo cual incrementa dramáticamente su contenido en bacterias. Se estima que cada cigarrillo puede contener cerca de un millón o más de bacterias.
Estos hallazgos arrojan una nueva luz sobre algunos efectos del tabaco todavía por esclarecer. Es conocido que muchos microorganismos son capaces de producir infecciones agudas, pero son también agentes que contribuyen al desarrollo de enfermedades inflamatorias crónicas, e incluso pueden contribuir al desarrollo de algunos tipos de cánceres. Sin embargo, estos estudios no demuestran todavía que las bacterias contenidas en el tabaco sean un factor que contribuya al desarrollo de enfermedades asociadas con su consumo, y son necesarios estudios adicionales encaminados a confirmar o refutar esta posibilidad.
Sea como fuere, podemos pensar ahora en la producción de un tabaco menos insano que, aunque siga conteniendo más de 3.000 sustancias químicas, muchas de ellas perjudiciales, al menos se encuentre libre de bacterias patógenas. Sin duda, no será la solución a los problemas de salud causados por el consumo de cigarrillos, y no cambiará el hecho de que los ambientes contaminados con humo de tabaco seguirán siendo perjudiciales para la salud de todos. Los no fumadores tienen derecho a un ambiente libre de humos, aunque sean humos limpios de bacterias, y este derecho debe ser protegido.

martes, 29 de junio de 2010

Las bacterias de hospital empiezan a perder la batalla

Extraído del El País
Las infecciones adquiridas en las UCI bajan gracias a un programa pionero
ELENA G. SEVILLANO - Madrid - 06/04/2010

Están por todas partes. En los respiradores, en las puertas, en las manos de las enfermeras, hasta en el ambiente. Se puede limpiar, varias veces al día. Se puede tener un cuidado extremo al tocar a cada paciente. Pero las bacterias de hospital son pertinaces, supervivientes a las condiciones más extremas. Imposibles de erradicar. Hay algunas, como las Pseudomonas aeruginosa, que los expertos definen como "endémicas de las UCI". De lo que se trata, pues, es de intentar que se propaguen lo menos posible. No es fácil. Siete de cada 100 pacientes que ingresan en un hospital acaban pillando una infección nosocomial, que es como se conocen en la jerga médica. En las UCI, con enfermos muy graves, con las defensas por los suelos, multitratados, es aún peor: 11 de cada 100 acaban infectados.
Puede parecer alta, pero la cifra es muy buena, a juicio de los responsables del informe Envin-Helics, un registro que vigila desde 1994 las infecciones nosocomiales adquiridas en las unidades de cuidados intensivos españolas. Por primera vez en muchos años, las tasas de infecciones han disminuido. Especialmente la neumonía asociada a ventilación mecánica, que ha bajado de los 14,95 episodios por cada 1.000 días de 2008 a los 11,44 del año pasado. ¿Cómo se explica? "Las tasas se habían mantenido estables mucho tiempo, porque sólo hacíamos registro, medición", explica el intensivista del Hospital del Mar de Barcelona Francisco Álvarez Lerma, uno de los coordinadores del informe. "Ahora hemos hecho un cambio conceptual: hemos pasado de la vigilancia a la prevención", añade.
El responsable del descenso es el programa Bacteriemia-Zero (BZ), que ha convertido a España en el primer país -la OMS lo eligió como país piloto- que implanta un protocolo para reducir un tipo de infecciones hospitalarias, las bacteriemias (presencia de bacterias en sangre) asociadas al uso del catéter venoso central. El éxito del programa, fruto de un acuerdo entre la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias (Semicyuc) y el Ministerio de Sanidad, ha sido tal que, en sólo un año, la incidencia ha bajado de 4,89 episodios por 1.000 días a 3,96.
Las infecciones asociadas a catéteres vasculares no sólo incrementan las complicaciones y la mortalidad. También la estancia en el hospital, es decir, los costes. Y España tenía una de las tasas más altas en el registro europeo. "Hasta hace poco se entendían como mal menor, pero ahora son un efecto adverso no deseado. Ahora somos conscientes de que, cuando se producen, hemos hecho algo mal", afirma Álvarez, que también es el coordinador nacional del proyecto. El programa BZ es, en realidad, un conjunto de medidas fácilmente aplicables. Tanto que la primera es, simplemente, lavarse las manos. Desinfectar la piel con clorhexidina, evitar la vía femoral (más sucia que la subclavia), retirar las vías cuando ya no sean necesarias, mantener adecuadamente el catéter... Básicamente, lo mismo que puso en práctica Peter Pronovost, de la universidad Johns Hopkins, en 2003 en el estado de Michigan. El resultado, publicado en The New England Journal of Medicine, fue espectacular: la tasa bajó a 1,8 por 1.000. En España el objetivo fue más modesto: "Estábamos en ocho y nos propusimos bajar a cuatro", explica Álvarez. Lo consiguieron, a juzgar por el último estudio Envin, que recoge datos de 15.000 pacientes de 147 UCI españolas.
"Si el programa progresa, además de mejorar la calidad de la asistencia puede cambiar la relación médico-enfermera", pronostica Álvarez. Se acabó la relación piramidal: es una enfermera la que vigila si el médico está colocando bien la vía. Hay que seguir unos pasos, una lista de verificación (check list). Si la enfermera detecta que algo se ha hecho mal, para la técnica y se vuelve a empezar. Trabajo en equipo.
Pese a que el objetivo eran las bacteriemias, resultó que también disminuyeron otras infecciones: las urinarias causadas por la sonda uretral y, sobre todo, las neumonías por ventilación mecánica. Un logro porque, año a año, la gravedad y la edad de los pacientes de las UCI aumenta. En 2009, más de un 40% superaban los 70 años. En 1994 eran un 25%. Y a más edad y más gravedad, más difícil es que bajen las tasas de mortalidad. De hecho, en 2009 hubo un ligero repunte con respecto al año anterior. Uno de cada diez pacientes fallece.
El estudio también muestra que cada vez se administran más antibióticos y en mayor cantidad. Y muchos ya no funcionan. El segundo patógeno más frecuente, Escherichia coli, que provoca infecciones urinarias, ya tiene resistencias del 15% y el 37% en dos de los antibióticos más comunes (cefotaxima y ciprofloxacino). Hace 10 años, eran de menos del 10%, destaca Álvarez. ¿El próximo desafío?

lunes, 28 de junio de 2010

Unidad 731: guerra bacteriológica en Asia

El 'Holocausto asiático'
por ARITZ PARRA
En agosto de 1945, la guerra estaba ya casi decidida. La ventaja de los aliados era clara y en Asia, antes de que el Enola Gay abriese sus tripas sobre Hiroshima, a Japón sólo le quedaba planear una retirada con dignidad. Una misión tan táctica como cualquier otro asalto, pues requería borrar los rastros de las atrocidades cometidas. En Manchukuo, la sucursal que el Imperio japonés había plantado en territorio chino —un Estado con Gobierno títere, sumiso a las órdenes de Tokio—, la retirada incluía desmantelar las misteriosas instalaciones del Laboratorio de Investigación y Prevención Epidémica, situado a las afueras de Harbin.
La unidad, disfrazada de planta de purificación de agua, estaba constituida por un centenar de edificios, repartidos en seis kilómetros cuadrados. Entre los médicos y soldados japoneses que allí trabajaban, el lugar era conocido como el Escuadrón 731, un programa secreto de investigación y desarrollo de armas biológicas que, entre 1937 y 1945 —la duración de la Segunda Guerra Chino-Japonesa—, llevó a cabo experimentos con entre 3.000 y 12.000 civiles y prisioneros. Entre éstos había chinos, rusos, coreanos y mongoles, pero también europeos y americanos.
En esta especie de Auschwitz instalado en el corazón de Manchuria se investigó el uso de patógenos como bioarmas y se realizaron pruebas médicas con cobayas humanas. Las cirugías, amputaciones y disecciones a pacientes con vida estaban a la orden del día, en muchos casos sin anestesia pues se consideraba que ésta podía distorsionar los resultados. A los prisioneros se les conocía como ‘marutas’, o maderos en japonés, porque los laboratorios estaban camuflados como aserraderos. Algunos fueron obligados a inhalar gases nocivos; a otros se los abandonaba en el duro invierno del noreste chino para explorar el proceso de congelación de la carne.
También se quiso saber cuánta sangre era capaz de perder un prisionero con un miembro amputado. No pocos acabaron con el cerebro, los pulmones o el hígado extraídos, y a algunos se les inyectó orina de caballo en el hígado, entre los miles de casos dificílmente justificables como exprimentos médicos. En la sede del escuadrón se almacenaban fetos y cuerpos de adultos en formol, y la unidad era capaz de producir grandes cantidades de ántrax y bacterias causantes de la peste bubónica. La operación ‘Cerezos en flor por la noche’, a mediados de 1945, planeaba emplear ataques kamikaze sobre la costa de California con bombas cargadas de esta bacteria. El ataque atómico lanzado por EEUU sobre Hiroshima y Nagasaki interrumpió el plan.
El arquitecto de esta barbarie fue Shiro Ishii. Militar graduado en medicina por la Universidad Imperial de Kioto, Ishii profesaba una macabra fascinación por la guerra bacteriológica. Si había que prohibir las armas biológicas, como había hecho el Protocolo de Ginebra en 1925, era porque podían ser extremadamente poderosas, pensaba Ishii. Convenció al emperador Hiro Hito de la ventaja que la investigación en diversos campos relacionados con la medicina podrían aportar en el campo de batalla y así, dado que Japón quería expandirse hacia el sur de Manchukuo y conquistar toda China, en 1936 le fue asignado el trabajo con un generoso presupuesto.
Como sede del Escuarón 731, Ishii levantó un complejo con aeródromo, línea férrea, barracones, calabozos, laboratorios, quirófanos y crematorio, cine, bar y hasta un templo Shinto. «La misión divina de un doctor es bloquear y tratar las enfermedades», dijo a sus empleados, «pero el trabajo en el que nos vamos a embarcar es lo opuesto». Hablaba en serio. En China, se considera que los ensayos para extender el cólera, ántrax y la peste llegaron a matar a unas 400.000 personas.
Desde el Escuadrón, y bajo la batuta de Ishii, se coordinaba el trabajo de media docena de subunidades similares por todo el sudeste asiático ocupado. Cada una tenía su especialización: el estudio de la peste; la fabricación de bacterias de tifus, cólera o disentería; experimentos para ver cómo respondían los humanos a la privación de alimentos y agua… Al final de la guerra, Ishii ordenó a sus subordinados «llevarse el secreto a la tumba» y durante la huida a Japón, se les entregó cianuro de potasio para poder suicidarse en caso de ser capturados por las tropas aliadas.
El ‘Holocausto asiático’, que incluye la masacre de unos 300.000 ciudadanos en Nanjing en el invierno de 1937, es un capítulo poco conocido en Occidente. Los aliados también contribuyeron a 'enterrarlo': Douglas MacArthur, comandante supremo de las fuerzas aliadas y encargado de la reconstrucción de Japón tras la contienda, concedió inmunidad a los médicos a cambio de los resultados de su investigación. Los tribunales de guerra de Tokio nunca juzgaron estos hechos y sólo la URSS procesó a una docena de implicados en el proceso de Jabarovsk, en 1949.
Así, la mayoría de personal del Escuadrón regresó a salvo a Japón, donde muchos se convirtieron en reconocidos políticos, médicos y hasta representantes del Comité Olímpico Japonés. Sólo unos pocos se arrepintieron de sus actos al final de sus vidas. Ishii, el ‘doctor muerte’, falleció en 1959 en su hogar, tras pasar una vida tranquila, aquejado de un cáncer de garganta. Tenía 67 años.

miércoles, 23 de junio de 2010

martes, 22 de junio de 2010

"El árbol de la vida tiene a partir de ahora unas ramas sintéticas"



Una cosa es el marketing y otra la ciencia. Me gustaría ver si es verdad que en un centímetro cúbico hay realmente 1 millón de bacterias como dice. Personalmente lo dudo.

Publicado en El País, 22 Junio 2010

Craig Venter, el competidor privado en la carrera del genoma humano que concluyó hace 10 años, ha vuelto a saltar a los titulares por otro hito tecnológico: la construcción de la primera "célula sintética" , una bacteria con un genoma sintetizado en el tubo de ensayo de la primera a la última letra. Ayer presentó en Valencia su nueva expedición para catalogar la variedad microbiana del Mediterráneo.


"Creo que no estamos muy lejos de construir células eucariotas"
Pregunta. ¿Espera encontrar formas de vida adaptadas a la contaminación del Mediterráneo?

Respuesta. Desde luego que sí. Algunos microorganismos mueren por la contaminación, y otros se adaptan a ella, así ocurre en todas partes. Los microbios españoles pueden muy bien ser distintos de los microbios griegos. El Mediterráneo se distingue del resto de los mares en que ha sido explotado por la humanidad durante mucho más tiempo, y también en que sus aguas tardan mucho más en renovarse, por no ser un mar enteramente abierto.

P. Hace unos años le pregunté cuántos genes había en el planeta Tierra y...

R. ¿Y qué le respondí?

P. Que era una cuestión muy profunda.

R. Pues sigue siéndolo. Antes de estos estudios de secuenciación en masa se conocían alrededor de un millón de genes. Ahora conocemos 40 millones, pero el ritmo de descubrimiento no muestra signos de saturación: el número de genes distintos sigue creciendo linealmente con la cantidad de muestras analizadas, y por tanto seguimos sin saber cuántos genes puede haber en total en el planeta. En cada centímetro cúbico de mar hay un millón de bacterias y 10 millones de virus, y la variedad es enorme. La mayor parte de esta diversidad consiste en adaptaciones únicas al medio ambiente local: a la intensidad de la luz solar, la temperatura o la contaminación en el entorno local.

P. Uno de los bioéticos más respetados del mundo, Arthur Caplan, comparó su último trabajo [la célula sintética] con los avances de Copérnico y Galileo.

R. Bueno, ¿cómo podría yo discrepar de eso?

P. La pregunta de Schrödinger: ¿Qué es la vida? [así se titulaba un influyente libro que el físico Erwin Schrödinger publicó en los años cuarenta].

R. Estoy escribiendo una versión moderna del libro de Schrödinger, espero tenerla lista en un año.

P. ¿Qué sostiene?

R. Creo que la construcción de una célula sintética que acabamos de publicar muestra que la vida está basada en la información. Esa célula se deriva enteramente de un genoma sintético, fabricado en el laboratorio a partir de meros compuestos químicos, y por tanto demuestra inequívocamente que el fundamento de la vida es la información genética.

P. ¿Podría transmitir esa información a otro planeta para generar vida allí? ¿O haría falta un starter que la hiciera arrancar?

R. La información no basta por sí sola para arrancar: hacen falta otros componentes para que la lean. La cuestión que aborda nuestro experimento es muy distinta del origen de la vida, no tiene nada que ver con la evolución real, con la forma en que la vida surgió realmente en el planeta Tierra. Nuestro trabajo no afecta a esa cuestión. Si uno está diseñando un nuevo coche de carreras, realmente no le importa para nada quién fabricó el primer motor de explosión ni quién inventó la rueda. Simplemente, usas todo ese conocimiento previo y construyes a partir de él. No estamos tratando de recapitular la evolución biológica, sino de utilizarla como punto de partida para hacer nuevos organismos.

P. ¿Hay un texto, una secuencia de ADN, que define la frontera entre la vida y la materia inerte?

R. Hay muchos, y algunos pueden consistir en una sola letra. Por ejemplo, nuestro primer intento de construir la célula sintética no funcionó, y pudimos comprobar después que la razón fue un solo error, una sola letra que faltaba en una secuencia de un millón de bases. En este caso, esa sola letra supone la diferencia entre lo vivo y lo inerte.

P. ¿Cuán lejos estamos de escribir un genoma original, en lugar de copiar uno de una bacteria real?

R. En realidad nadie lo está intentando siquiera. Los genes de los organismos naturales son tan diversos que todos los proyectos tecnológicos actuales se basan en modificar o recombinar genes ya existentes. No sabemos escribir un nuevo gen a partir de cero. En cierto sentido, sí podemos ahora escribir genomas desde cero, genomas que no existen en la naturaleza, pero lo hacemos ensamblando genes naturales en nuevas combinaciones, o genes naturales modificados artificialmente.

P. ¿Se puede aumentar la eficacia de un proceso natural con esas modificaciones? ¿Es eso una forma de evolución artificial?

R. Sí, estamos tomando el relevo a la biología: la evolución ya no es un fenómeno natural. Mediante el diseño de nuevos genes y organismos, podemos adelantarnos a la evolución en miles de millones de años. El árbol de la vida tiene a partir de ahora unas ramas enteramente nuevas. Ramas sintéticas. Son perfectamente distinguibles de las ramas naturales por las marcas de agua que introducimos en sus genomas.

P. ¿Qué son esas marcas? ¿Es cierto que han escrito ustedes sus direcciones de correo electrónico?

R. Se trata de un código dentro de otro código dentro de otro código. Tienes que descifrar el primer código para empezar a entender el siguiente y, en efecto, en un paso determinado te puede aparecer el correo electrónico de un científico al que tendrás que escribir para seguir adelante. También hemos escrito los nombres de 50 científicos implicados en el proyecto, y algunas citas eruditas.

P. ¿Cuán lejos estamos de reconstruir un mamut, o un neandertal?

R. Creo que no estamos muy lejos de un objetivo previo, que es construir células eucariotas [el tipo de células de los que estamos hechos los animales y las plantas] con fines industriales.

P. Hemos publicado las críticas que le hizo el premio Nobel John Sulston...

R. ¡¿Por qué?! [risas]. Quiero decir, hay críticas inteligentes, pero las de John Sulston [contra los planes de Venter de patentar aspectos de la célula sintética] no tienen el menor sentido. Yo no estoy a favor de patentar seres vivos, ni genes naturales, pero si quieres desarrollar una bacteria que produzca biofuel a partir del CO2 atmosférico y la energía solar, necesitas proteger la tecnología con patentes que justifiquen las inversiones. Esto tiene muy poco de nuevo, realmente.

viernes, 18 de junio de 2010

España 0 Suiza 1


Lo que hemos visto en prensa y oído en los corrillos de pasillo y en la calle acerca del partido España-Suiza es muy significativo. Antes del partido: euforia desmedida, después del partido: desanimo injustificado. Cada país se construye un imaginario colectivo, España el siglo de oro, Grecia el periodo clásico, Italia Roma, Marruecos la época de los Almorávides, Portugal la época de las grandes exploraciones. A partir de ese momento los otros momentos de su historia son momentos fallidos, algo ha fallado que les ha apartado de ese momento de esplendor. Siempre estamos viéndonos como sujetos que fallamos en algo. El haber tenido éxito en un momento de nuestra historia nos condena a vernos como perdedores el resto de élla. España pierde contra Suiza. Los fallos fueron obvios: jugar con un solo delantero, no haber hecho ni un solo contraataque, jugar con todos los suizos en el área bombeando balones cuando éllos son bastante más altos que los jugadores españoles etc. Lo curioso es que la reflexión tras el partido no ha sido tanto el análisis como la desesperación de saberse perdedores de antemano: este año tampoco pasaremos de cuartos. Esta desesperación también se observa en la percepción que tenemos sobre nuestra ciencia. Se ponen muchas expectativas cuando algo sale bien y mucha desesperación cuando constatamos que hace falta más. Lo siguiente es el desánimo. Necesitamos más educación, más ciencia, más cultura. Este es un objetivo a largo plazo. Se consigue con inversión y planes para rentabilizar esa inversión. En España hay 500.000 jugadores de futbol federados, 2 millones en Italia, 16 en los EEUU. De acuerdo que tenemos una de las mejores ligas del mundo. Esta liga es un derroche se basa en una guerra de prestigio entre Madrid y Barcelona que cuesta mucho dinero y cuyo talento pivota en la contratación de figuras extranjeras. A los jugadores españoles aprenden de estas figuras y del alto nivel de la liga, por eso estamos donde estamos, pero siempre tenemos que recordar que en Alemania, en Francia, en EEUU los chavales juegan al futbol en campos de hierba, los 90 minutos, con árbitro, mientras que aquí el futbol es algo de patio de colegio, sobre cemento, la media hora del recreo, de parques públicos en donde se juegan dos y tres partidos simultaneos. Si quieres ganar el mundial hay muchos factores que debes de cuidar para tener una generación de ganadores. La evolución del deporte español desde la gesta de Barcelona 92 ha sido impresionante. Sirva esto como ejemplo de como se pueden conseguir resultados cuando se ponen los esfuerzos colectivos en una sola dirección. Hace falta hacer lo mismo con la educación, la ciencia y la cultura en este país. A mi me duele ver que para matricularse en la Escuela Municipal de Música se sortean las plazas. El fracaso escolar, una epidemia en este país. ¿Se ha cuantificado cuántos científicos abandonan este país la ciencia para trabajar en otras actividades para las que están sobrecualificados?.

jueves, 17 de junio de 2010

Actinomices

Aquí os dejo un artículo de "Microbiology Today" sobre los Actinomicetos.

Las plantas carnívoras

Estas plantas crecen en suelos pobres en nutrientes, especialmente nitrógeno, como turberas o farallones rocosos. La falta de nitrógeno en las turberas se debe principalmente a las bacterias que lo consumen con avidez dejando el suelo desprovisto de este elemento. Es curioso que en las hojas de las plantas carnívoras además de enzimas que les ayudan a degradar a los animales que han caído en la planta también existen bacterias que en una relación simbiótica ayudan en la tarea de degradar a los pequeños artrópodos. Dicho de una manera exagerada las bacterias son más eficientes capturando el nitrógeno que las plantas, y capaces de vivir en la sopa de enzimas de la planta carnívora, al contrario que los artrópodos. El grado de sofisticación que han alcanzado estas plantas se puede ver en este fantástico video de la BBC. video

Cultura científica



Esta entrada es para compararla con la entrada previa "Se apedreará un gallo" de este mismo blog. Sacad vuestras conclusiones... por cierto, tengo la suerte de colaborar con Moncho Núñez y no, no me iría a vivir al pueblo ese.

Por Ramón Núñez Centella
Director del MUNCYT (Museo Nacional de Ciencia y Tecnología)

Reunión de Presidentes de Comisiones de Ciencia e Innovación de los Parlamentos Nacionales de los Estados miembros de la Unión Europea y del Parlamento Europeo.

25 de marzo de 2010, 16:00 horas

Senado, Madrid. Sala Europa.


Introducción

En una carta fechada el 16 de junio de 1612, y refiriéndose a su nueva publicación sobre las manchas solares, Galileo Galilei informa a su amigo el canónigo Paolo Gualdo lo siguiente: “Io l’ho scritta volgare perché ho bisogno che ogni persona la possi leggere”, es decir “La he escrito en idioma vulgar porque he querido que toda persona pueda leerla”. El libro saldría a la calle en italiano y no en latín, como era hasta entonces lo habitual para las publicaciones de ciencia. Algo muy importante estaba cambiando. Él mismo, en marzo de 1610, hace ahora exactamente cuatro siglos, había publicado -todavía en latín- el Sidereus nuncius, la primera revista monográfica de la historia, una obra que daba a conocer los fascinantes descubrimientos que el científico había realizado, al mirar el cielo de la noche durante los tres meses anteriores, con un catalejo construido por él mismo. Aquellos descubrimientos eran el que la Luna tenía montañas como la Tierra, que había muchas más estrellas de lo que los antiguos se habían imaginado, que la Vía Láctea no estaba constituida por nubes luminosas producto de emanaciones terrestres, sino por un conglomerado de numerosísimas estrellas y que el planeta Júpiter tenía cuatro satélites girando a toda velocidad a su alrededor.

Hace ahora cuatrocientos años, repito, con aquel instrumento fruto de la tecnología y la innovación, Galileo fue capaz de demostrar que observando e interpretando la realidad podemos cambiar las ideas. Y las ideas que tenía que cambiar estaban muy consolidadas, no en vano tenían su base en la autoridad de Aristóteles, eran defendidas por la Iglesia y concordantes con las Sagradas Escrituras. Hasta entonces, había dos mundos diferentes, el Cielo y la Tierra, cada uno con su composición y sus leyes distintas. En la Tierra tenían lugar cambios y movimientos, porque las cosas eran imperfectas y los objetos no estaban en el lugar que les corresponde “por naturaleza”; en el Cielo, sin embargo, todo parecía inmutable, los cuerpos eran perfectos y giraban en trayectorias circulares igualmente perfectas alrededor de la Tierra, centro del Universo, sin acercarse ni alejarse de ella. Las observaciones que Galileo cuenta en el Sidereus nuncius y otras que siguieron los años siguientes, de que el Sol tenía manchas cambiantes que le eran propias, que Venus tenía fases debido a su giro alrededor del Sol y que Saturno no era una simple esfera, le llevaron a estar convencido de que aquellos dos mundos –Cielo y Tierra- no son diferentes, que la Tierra no es el centro del universo, sino que como los planetas gira alrededor del Sol, tal como había propuesto Copérnico cincuenta años antes, y que las cosas son cambiantes e imperfectas, “así en la Tierra como en el Cielo.”

Ese cambio trascendental de pensamiento supuso lo que hoy llamamos una ruptura de paradigma, una modificación de los principios fundamentales de nuestra idea del mundo, y como sabemos tendría sus dificultades para elaborarse y consolidarse, pasando por la condena de Galileo por el Santo Oficio, su famosa abjuración y su reclusión, así como los trabajos posteriores tanto de él como de otros científicos que culminarían la teoría con la obra de Isaac Newton más de cincuenta años después, hasta que pudimos evidenciar materialmente el giro de la Tierra con la experiencia del péndulo de León Foucault en el Panteón de París en 1851.

En todo este proceso, que sirve de ejemplo de cómo un logro tecnológico –el telescopio- puede dar lugar a un cambio revolucionario en nuestra manera de pensar y en nuestra cultura, quiero destacar sin embargo otra faceta: unida a la voluntad de Galileo de luchar por la autenticidad de sus ideas, basadas en la propia experimentación y sustentadas en su espíritu crítico, está su preocupación por hacer saber sus resultados a todo el mundo: “lo escribí en italiano –había afirmado en su carta- porque quería que todos pudieran leerlo”. Así que todos podrían saber y entender lo que hizo, y comprobarlo, y aceptar o rebatir sus conclusiones, resaltando la naturaleza experimental de la ciencia, al tiempo que ponía una primera piedra fundamental de lo que hoy llamamos divulgación científica. Aquel libro sobre las manchas solares, que demostraba la “imperfección” del Sol, fue editado en 1613 por la Academia de los Linces, que por cierto es la primera sociedad científica de la historia, a la que Galileo perteneció desde 1611, y que había sido fundada ocho años antes por el joven aristócrata de 18 años Federico Cesi, junto con otros tres miembros, también jóvenes. Esa Academia tenía la divulgación como uno de sus objetivos, y por lo tanto el deseo de Galileo de publicar en idioma vulgar encajaba perfectamente con la idea linceana de buscar para las publicaciones franjas de destinatarios más amplias.

Galileo continuaría escribiendo en “idioma vulgar”. A ese libro siguieron otros como “El ensayador” (Il Saggiatore), en 1623, y su obra cumbre, que lleva, como era usual en la época, un largo título: Dialogo di Galileo Galilei Linceo, Matematico Sopraordinario dello Studio di Pisa, e Filosofo e Matematico primario del serenissimo Gr. Duca di Toscana. Dove ne i congressi di quattro giornate si discorre sopra i due Massimi Sistemi del Mondo, Tolemaico e Copernicano. Proponendo indeterminatamente le ragioni Filosofiche, e Naturali tanto per l’una, quanto per l’altra parte (Diálogo sobre los dos Sistemas del Mundo), en donde, además de hacer un alarde de dialéctica y retórica discursiva nos presenta un ejemplo del uso de los diálogos que ya habían utilizado otros –Platón entre ellos- como útil vehículo de divulgación, por su carácter coloquial, flexible, irónico y divertido. Aquella obra, donde uno de los personajes, llamado significativamente Simplicio, recordaba para algunos al mismo Papa, supuso su condena por parte de la Inquisición. Pero la idea de publicar en idioma común marcó un camino que sería adoptado por otros, como René Descartes, quien en 1637 publicó en francés su Discours de la méthode (Discurso del método), y Robert Boyle, que dio a la luz en inglés en 1661 el The Sceptical Chymist (El químico escéptico).

¿Qué cosas pueden aprenderse leyendo los libros de Galileo? En sus escritos no solamente comunica datos de descubrimientos, sino que se esfuerza por describir con detalle los instrumentos, operaciones y motivos del método experimental que utiliza para llegar a las conclusiones, en un procedimiento que se aleja de la observación imprecisa y puramente cualitativa de los aristotélicos, común hasta entonces. Nos está diciendo que la nueva física requiere rigor experimental, y medidas cuantitativas, y en consecuencia seguirá dedicando parte de su tiempo al diseño y desarrollo de los imprescindibles aparatos e instrumentos de medida. Además, Galileo utiliza el lenguaje matemático, y herramientas eficaces como los esquemas gráficos y los dibujos de detalle para describir, así como usa las poderosas armas del razonamiento lógico para llegar a conclusiones. También nos manifiesta, directa e indirectamente, las actitudes que son necesarias para el trabajo científico: la curiosidad de querer mirar donde nadie ha mirado, la creatividad para usar de modo diferente un instrumento, el pensamiento crítico que no se conforma con la idea preexistente, la constancia en la toma de datos día tras día o la libertad de pensamiento, que le permite ver sin los prejuicios de las ideas imperantes.

Evidentemente, Galileo es un modelo de científico, pero –y esto es importante- sin dejar de ser un modelo de hombre del renacimiento, que al igual que experimentaba observando el detalle de una lámpara que oscila o una bola que cae por un plano inclinado, registraba cambios en las posiciones de los planetas, fabricaba instrumentos para medir el paso del tiempo o la variación de temperatura, tocaba al laúd un saltarello que había compuesto su padre, escogía los limones maduros de su huerto, daba instrucciones para el adecuado trasiego del vino, discutía sobre Aristóteles, pintaba una acuarela o enseñaba perspectiva al pintor y arquitecto Ludovico Cardi. Una visión integral de las aficiones y conocimientos de Galileo puede ser un buen marco de referencia a utilizar para definir los rasgos generales de lo que entendemos por cultura científica.

La ciencia como cultura

Esta mañana tuvimos ocasión de reflexionar sobre algunos aspectos de la aportación de la ciencia y la tecnología a la innovación, al progreso; en general, a la búsqueda de soluciones para los problemas que tiene o se inventa el ser humano. Esa es la ciencia que produce cambio, la ciencia vinculada a la investigación, y también al dominio sobre las cosas, al poder. Ésa es la idea de ciencia más próxima a la de los filósofos Francis Bacon y Augusto Comte, y según la cual el progreso es simplemente la ampliación de nuestro poder real sobre las cosas exteriores. Esa es también la ciencia práctica que las personas de letras imaginan –pero también temen- en primer lugar. Recordemos las palabras que el dramaturgo Bertolt Brech, en su apasionada “Vida de Galileo”, puso en labios del científico pisano: “Yo sostengo que el único objetivo de la Ciencia es aliviar las fatigas de la existencia humana. Si los científicos, intimidados por los poderosos egoístas, se contentan con acumular Ciencia por la Ciencia misma, se la mutilará, y vuestras nuevas máquinas significarán sólo nuevos sufrimientos. Quizá descubrirán con el tiempo todo lo que haya que descubrir, pero vuestro progreso será solo un alejamiento progresivo de la humanidad. El abismo entre vosotros y ella puede ser un día tan grande que vuestros gritos de júbilo por alguna nueva conquista serán respondidos por un griterío de espanto universal...”. Evidentemente, ese abismo es una posibilidad no deseada por nadie, y el riesgo de que se produzca está en la deshumanización que nace de la descomposición o desintegración de la cultura y que da lugar a visiones distorsionadas tanto de la ciencia como del humanismo.

Por ejemplo, la que reduce la ciencia a un puro utilitarismo y podría formularse así: “la ciencia y la tecnología son útiles, porque nos dan comodidades, y eso es lo que hemos de agradecer, pero son ajenas a mi cultura o a mi modo de pensar”. A mi juicio, esa idea encierra un grave problema, que en definitiva es el mismo que ya denunció el físico y novelista Charles Percy Snow en su conferencia sobre “Las dos culturas” hace más de 50 años. Esa división entre “ciencias y letras” fue institucionalizada por la política educativa del siglo XIX y ha echado profundas raíces. La clave está en el fondo en la concepción que tengamos de humanismo, y el error en quienes –más o menos conscientemente- confunden humanidades (es decir, el campo de las letras humanas) y humanismo. Pero hoy, más que nunca, el pensamiento científico es imprescindible para un auténtico humanismo, si aquí queremos entender el conjunto integrador de valores propios del ser humano. Tanto la ciencia, con las ideas, actitudes y habilidades que le son propias, algunas de las cuales hemos destacado en el ejemplo galileano, como la tecnología, son elementos imprescindibles en nuestra vida y encierran un buen número de valores que se encarnan en las personas y en las comunidades humanas. En esta línea se observa una creciente sensibilidad y actividad de denuncia, al menos por parte de algunos grupos profesionales. El eslogan del III Congreso de Comunicación Social de la Ciencia que tuvo lugar en La Coruña en 2005 era a este respecto muy directo: “Sin ciencia no hay cultura.” Y en el V Congreso, celebrado hace tan sólo dos semanas en Pamplona, se insistía en esa idea al defender en la declaración final “una nueva cultura, integradora y transformadora en todos los órdenes” destacando la necesidad de la “innovación con criterios científicos, la defensa de una educación realmente activa en la promoción de esa cultura científica y la apertura de nuevos espacios y redes de cooperación.”

Y es que la ciencia, como elemento integrante y fundamental de la cultura y encarnada en cada persona, nos sirve para ser conscientes de la realidad, para pensar y razonar, para entender el mundo y para poder ejercer la prudencia en la toma de decisiones con el mejor conocimiento posible del momento, tanto a nivel individual como colectivo. Es así un patrimonio de los pueblos, y sus gobernantes son responsables de que todas las personas puedan tener acceso y disfrutar de ese patrimonio. Los valores y conocimientos propios de la ciencia, además, han de tenerse en cuenta y manifestarse tanto en la toma de decisiones individual como en la redacción y aprobación de todo tipo de leyes, decretos, normas, procedimientos, reglamentos y resoluciones por parte de las administraciones públicas. Quiero interpretar que eran también en ese sentido las ilusionantes palabras de Barack Obama cuando en su discurso de toma de posesión afirmó “We will restore science to its rightful place” (Devolveremos la ciencia al lugar que le corresponde).

Aspectos individuales, colectivos y universales de la cultura

Los animales contamos con dos sistemas para almacenar y procesar información, que son el genoma y el cerebro. El primero de ellos contiene gran cantidad de información, normalmente de extraordinaria utilidad, en un formato muy seguro como es el ADN, para que pueda ser transmitido materialmente a la descendencia. Esa seguridad tiene una contrapartida, y es que no se ajusta con facilidad a los cambios, y por ello la adaptación evolutiva tarda generaciones y generaciones en producirse. A lo que heredamos en el genoma vinculamos la palabra “natura”, y decimos que se trata de características que nos vienen dadas por “naturaleza”. De modo análogo, al segundo sistema del que disponemos para procesar información, el cerebro, asociamos la palabra cultura. A la cultura de cada persona corresponde toda la información que ha recibido por aprendizaje social, y fundamentalmente le capacita para relacionarse con el entorno del modo más satisfactorio. Pero el entorno cambia rápidamente, y en consecuencia los contenidos culturales pueden variar con mucha más facilidad que los propios del genoma; de hecho cambian continuamente a lo largo de la vida de las personas. El cerebro es capaz de asimilar con relativa facilidad esos cambios.

Como es bien sabido, la palabra cultura viene de un verbo latino: colo, coles, colere, colui, cultum, que significa cultivar. El cultivo del campo es agricultura y lo que se hace en las piscifactorías es piscicultura. Una persona culta es aquella que ha cultivado o desarrollado algunos saberes. Al vivir en comunidad, esos saberes, generalmente útiles, se convierten en tradiciones de los pueblos, desde los primeros cultos religiosos hasta las formas de vestir, de hablar, de hacer música o bailar, de cortar, colorear o recoger el pelo; también el modo y los materiales para construir casas y puentes, pintarse los labios, preparar la comida o fabricar vino, trabajar el campo o pescar, curar a los enfermos, explicar la lluvia y los temblores de tierra, recitar poemas, fabricar armas o medicinas y establecer códigos morales. Todos esos conocimientos nacen vinculados a un terreno que tiene sus características geográficas, sus comunicaciones y sus barreras, sus ecosistemas propios, y en general sus recursos y limitaciones; nacen también imprescindiblemente ligados a un grupo social, más o menos amplio; por todo ello existen muchos aspectos de la cultura que son diferentes según los lugares, y las personas viven continuamente comparando, contrastando e intercambiando elementos de su cultura con las culturas vecinas. Fruto de estos intercambios hemos llegado a revisar cuáles son los saberes y valores más universales, o comunes a muchas culturas, y entre ellos vemos con mayor frecuencia los que son propios o característicos de la ciencia y la tecnología. El escritor y médico Anton Chéjov lo expresó muy claramente: “No hay una ciencia nacional como no hay una tabla de multiplicar nacional; lo que es nacional ya no es ciencia”.

El papel de la educación en ciencias

La educación sirve para ejercitar y desarrollar la natura y la cultura de las personas, sacando el máximo partido posible de las capacidades de cada uno, y de modo que pueda vivir de la manera más satisfactoria. Alguna vez se ha dicho que el objetivo de la educación científica es conseguir que la persona pueda vivir en equilibrio con su entorno, tanto con su entorno natural como con el tecnológico. Eso quiere decir que su cultura le ha de permitir sentirse bien -es decir, tener un sentimiento de control- con su ambiente: desde saber distinguir las setas venenosas en un bosque a escoger el teléfono móvil, el ordenador o el vehículo que mejor se adapta a sus necesidades y posibilidades en el otro bosque de la publicidad. La investigadora de la radiactividad, Marie Curie, tenía a este respecto las ideas claras: “En la vida no hay que temer nada. Sólo hay que entenderlo.”

También, y como segunda parte imprescindible, la educación ha de servir para no realizar agresiones al entorno, valorando el impacto de nuestras acciones individuales y de las de toda la comunidad sobre el medio ambiente. Por regla general, quizás por natura o porque la naturaleza es sabia -o al menos lo enunciamos así- los animales viven en equilibrio con su ambiente. Sin embargo, el ser humano, que modifica el entorno con su cultura, tiene que realizar su propio reajuste, y este tendrá que venir, por educación, de la mano de la cultura misma, y muy en especial de la cultura científica y técnica. No necesitamos ir muy lejos para encontrar un ejemplo: en nuestros días estamos asistiendo a un cambio general de planteamientos sobre la utilización de los recursos del planeta.

Se atribuye a Albert Einstein la frase “Educación es lo que queda cuando se ha olvidado todo lo aprendido en la escuela”. Estoy seguro de que el científico más importante del siglo XX estaba haciendo –en función de su propia experiencia- una crítica a la falta de trascendencia o de autentico significado de muchos aprendizajes escolares. Evidentemente, lo que importa de la experiencia escolar a efectos de cultura es el destilado que resulta una vez se pasa por el alambique de la vida. Provengan o no de la escuela, podemos resumir en cuatro apartados los frutos que esperamos de una educación en las ciencias, alcáncese esta durante la enseñanza obligatoria o en cualquier otro lugar y momento.

1. Disponer de las destrezas, habilidades, técnicas y hábitos propios de la creación científica

A este respecto, y pensando en el sistema educativo, hemos de recordar que sólo se aprende lo que se hace, y también que hacer ciencia no es recordar los logros científicos de otros, como hacer arte no es reconocer la obra de los grandes pintores. Por tanto, la enseñanza reglada ha de dar oportunidades a los alumnos para que hagan ciencia y tengan vivencias científicas. En otros aspectos de la formación nos parece de lo más normal: Los niños juegan al fútbol con entusiasmo; aunque nunca vayan a ejercer esa profesión, lo viven. Les pedimos que hagan carreras en el patio, aunque nunca batirán los récords del momento. También, muchas veces se les pide a los alumnos de primaria, o incluso de escuelas infantiles, que pinten un cuadro, o que escriban una poesía o un relato, aún sabiendo que ninguna sala ni museo va a colgar ese cuadro y que nadie va a publicar su texto. Análogamente, la escuela debería proporcionarles reiteradamente ocasiones para plantearse preguntas originales y divergentes de contenido científico (¿a qué velocidad media vuela una mosca?, ¿cuánto tiempo tarda en vaciarse una botella de un litro?, ¿cuántas palabras por minuto se pueden decir de forma inteligible?, ¿qué distancia mínima necesita para frenar un atleta que corre los 100 metros lisos?, ¿a qué temperatura está la llama de una vela?). También para hacer observaciones, descripciones, medidas y estimaciones, para clasificar y ordenar, para formular hipótesis, para identificar variables, para diseñar experimentos y realizarlos, sacar conclusiones, resolver problemas con creatividad, para innovar y contrastar,... en definitiva para hacer ciencia. Aunque como resultado de ello no se consiga nuevo conocimiento para la humanidad, siempre será un nuevo conocimiento para cada estudiante y, sobre todo, el ejercicio de una actividad intelectual imprescindible para la vida.

2. Enriquecer la capacidad de comunicación de la persona, tanto en la comprensión de la información que proviene de los medios como en la expresión propia.

Ello implica habilidades que se manifiestan verbalmente y en textos escritos, cuando vemos, por ejemplo, que las descripciones son ricas y precisas en detalles, con información cualitativa y también cuantitativa, diferenciando las observaciones de las interpretaciones, utilizando símbolos, a través de dibujos, mapas, secciones y esquemas, con gráficos, diagramas, tablas, histogramas de frecuencias y múltiples formas de expresar la información. También en el manejo bidireccional (es decir, como receptores y emisores) de distintos medios y formatos de comunicación: impresos, sonoros, audiovisuales, museológicos e informáticos. Esta capacidad incluye en nuestros días el potencial extraordinario de la Internet en todas sus fórmulas. Sin duda alguna, Galileo hoy tendría un Blog y utilizaría algunas de las redes sociales.

3. Tener la posibilidad de contextualizar y poner en práctica su conocimiento científico, en múltiples escenarios:

- en la vida cotidiana, es decir en las conversaciones, en el trabajo, en la cocina, en el uso de electrodomésticos, en el cuidado del propio cuerpo, en la alimentación, en el jardín, en el trato con animales, en el lavado de la ropa, en la elección del audífono, en los juegos y diversiones, en la antigüedad de aquel reloj de péndulo que había en la exposición,...

- en lo relacionado con la actualidad científica, es decir en la comprensión e interpretación de noticias ambientales o sobre el clima, de nuevas epidemias o pandemias, de los últimos inventos, de las últimas dietas o recomendaciones sobre nutrición, de las aplicaciones de la utilización del último acelerador de partículas,…

- en otros aspectos de la cultura, pudiendo relacionar ese conocimiento científico con la sociología, la historia, la innovación, la filosofía, la música, la economía, la política, la religión, el derecho, la tecnología, las artes, ...

- y, por supuesto, en el contexto de la ciencia misma, reconociendo que nuestras ideas son invenciones humanas y no verdades inmutables, estando capacitados para incorporar continuamente nuevos cambios.

4. Facilitarnos la satisfacción propia de la cultura
No es el menor objetivo de la educación científica el proporcionar alegría e ilusión por esa sensación de potencial intelectual que tiene la ciencia, y así generar una capacidad de ilusionarse por el conocimiento. Suele decirse que la cultura científica es necesaria para muchas cosas: participar mejor en las decisiones políticas, disminuir la superstición, ... pero la verdad es que la principal razón es humanística. Necesitamos la educación científica para ser cultos, para que la cultura nos sirva de verdad para entendernos a nosotros mismos, para comprender el funcionamiento de nuestro cuerpo, para explicar los fenómenos de nuestro entorno, para dar alguna respuesta válida a las viejas preguntas sobre nuestros orígenes o nuestro destino y tener la satisfacción de valorar adecuadamente todos nuestros saberes.

En este resumen de los objetivos de una educación científica, y pensando en las condiciones que hemos de lograr para hacerlo posible me parece imprescindible recordar unas palabras de Jean Piaget: "Es importante comprender que si el derecho a la educación implica que éste supone el total desarrollo de la personalidad humana,(...) este ideal no podrá alcanzarse por ninguno de los métodos habituales. Ni la independencia de la persona que implica este desarrollo, ni la reciprocidad que supone ese respeto a los derechos y libertades de los demás pueden desarrollarse en una atmósfera de autoridad y constricciones morales e intelectuales. Por el contrario, ambos requieren con urgencia una vuelta a la experiencia vital y a la libertad de investigación, fuera de la cual cualquier adquisición de valores humanos no es más que una ilusión”.

El aprendizaje científico en nuestros días

Ya he subrayado que la educación en nuestros días no finaliza tras la etapa escolar. La escuela fue suficiente para garantizar el derecho a la educación mientras los paradigmas duraban siglos, o al menos durante toda una vida.
Hoy ya no es así. Las ideas científicas, y en general los criterios y los valores de nuestra sociedad cambian a una velocidad enorme, que es consecuencia del hecho de que en estos momentos están produciendo ciencia e innovando más personas que en todos los siglos anteriores. La ciencia y la tecnología cambian así continuamente nuestro entorno, colocando en él nuevas herramientas, nuevos recursos, productos, máquinas,…; miremos a nuestro alrededor, pensando en cuántos de los objetos y materiales que nos rodean no existían hace pocos años. Tomemos unas páginas de ciencia de los periódicos de hoy y veamos cuántos de los conceptos o ideas que aparecen no existían hace apenas veinte años.

A su vez, los productos de la tecnología cambian nuestra calidad de vida y nuestra actitud ante la vida. Modifican nuestra cultura. Las ideas científicas cambian el contenido y los medios de los mensajes en nuestro entorno, incluyendo los anuncios de televisión y las leyes. Pensemos, por ejemplo, que ideas tan trascendentales como puede ser el concepto de muerte de una persona han cambiado, incluso legalmente, en función de un logro de la técnica, como es la posibilidad de realizar un electroencefalograma. Hace menos de cincuenta años, la muerte de un ser humano era la parada cardiorrespiratoria. Hoy, para poder realizar un trasplante extraemos el corazón latente del pecho de un donante, que consideramos fallecido porque presenta un electroencefalograma plano, y la experiencia científica nos dice que esa es una situación irreversible.

Muchos otros conceptos e ideas cambian y tratan de adaptarse continuamente en función de los avances de la ciencia y la tecnología. Nos guste o no, el progreso científico y técnico es, en palabras de Norberto Bobbio “cada vez más rápido, cada vez más imparable, cada vez más irreversible.”

Agentes de cultura científica

Hoy las personas aprenden ciencia en situaciones, momentos, y de formas muy diferentes. No es solo que un paciente de diabetes o de migrañas tenga habitualmente un conocimiento amplio sobre su enfermedad, los síntomas y los últimos remedios. También, un aficionado a las setas sabe muchas cosas sobre la ciencia relacionada con los ecosistemas donde se encuentran, y de la misma manera podemos decir que cualquier afición o trabajo relacionado con la ciencia, desde los coleccionistas de fósiles a las cocineras, pasando por los pescadores de río, los entusiastas de la jardinería, los moteros, los hackers o los astrónomos amateurs, terminan sabiendo mucha ciencia práctica en relación con su ocupación favorita. Ello no es más que un ejemplo del interés de muchas personas hacia cosas relacionadas con la ciencia y del tiempo que dedican a ello.

¿Dónde y de quién aprendemos ciencia en el mundo de hoy?. Ya he resaltado adecuadamente el papel imprescindible de la enseñanza reglada para dotar a todas las personas de las actitudes, métodos y habilidades propios de la ciencia y la tecnología. La escuela ha de ser el lugar donde adquirir recursos para buscar respuestas a nuestras preguntas, para desarrollar nuestra curiosidad, nuestra creatividad, nuestra constancia, nuestro pensamiento crítico, nuestro cariño a la humanidad y al planeta. También en la escuela han de aprenderse algunos conceptos e ideas básicos de la ciencia, pero es evidente que los conocimientos propios de todas las ramas del saber científico son muchos, cambiantes y provisionales, y no interesan por igual a todo el mundo. No tiene sentido, por tanto, ante curiosidades y necesidades diferentes, concretar los saberes de detalle en un currículo cerrado, imprescindible e igual para todos. Otras características de la enseñanza de las ciencias que necesitamos hoy serían su carácter interdisciplinar, integrando en particular la historia de la ciencia, y sobre todo la necesidad de autenticidad o relevancia para cada persona, a través de la vinculación de esa educación científica con la vida.

Mientras antes se decía que la educación era una preparación para la vida, hoy debemos decir que la educación es la vida misma. Continuamente tiene lugar en nuestra mente el proceso de descubrimiento-invención-aplicación que es el núcleo de todo aprendizaje. La inmensa mayoría de ideas y conceptos de ciencia y tecnología que tienen relación con nuestra realidad de hoy los hemos aprendido fuera de la escuela. Comenzando por los medios de comunicación. Los periodistas y los profesionales científicos -citados por los medios cuando se ha producido una noticia relevante- son las fuentes de información al alcance de los ciudadanos, que necesitan ponerse al día de las novedades para encontrar un nuevo equilibrio con su mundo tras el terremoto o el riesgo de epidemia, el descubrimiento de un nuevo planeta o un fósil, el desarrollo de un medicamento, teléfono móvil o vacuna. Por los medios también llega la publicidad, que ciertamente a veces no es el mejor ejemplo de información válida y responsable, por mucho que existan publicaciones informativas comerciales de gran utilidad y calidad, desde algunos prospectos que acompañan a los productos farmacéuticos a folletos y etiquetas de alimentos, herramientas, electrodomésticos o cualquier tipo de máquinas y aparatos.

Los profesionales también nos proporcionan conocimientos científicos de modo directo. El médico nos informa de nuestras enfermedades, de su origen, de sus riesgos y de las conductas convenientes o que debemos evitar en cada caso. También adquirimos información científica, en función de nuestro mayor o menor interés, cuando vamos al taller de reparación del coche, a la farmacia, a comprar una nueva lámpara halógena, cuando vemos un nuevo pescado en el mercado o escogemos un pesticida para el jardín.

También, y de modo general, en función de nuestra mayor o menor curiosidad nos informamos a través de Internet. Ya casi no nos acordamos cómo era el mundo “antes de Google”. Con la ayuda de un buscador encontramos fácilmente respuesta a muchas de nuestras inquietudes o necesidades relacionadas con ciencia y tecnología, aunque ello implica evidentemente el dominio de ciertas habilidades y sobre todo, sentido crítico para valorar las fuentes. Existen ya auténticas redes que unen a personas de intereses o problemas comunes, canalizando la información de forma eficaz.

He dejado para el final el papel de los museos y centros de Ciencia. Junto con los planetarios, jardines botánicos, acuarios y parques zoológicos cumplen una misión de educación científica hoy por hoy imprescindible en nuestra sociedad. El principal de sus logros es el acercar la ciencia a los ciudadanos, cambiando su imagen pública, haciéndola más atractiva, familiar y humana. En muchos casos son los museos de ciencia quienes nos presentan de modo asequible –a través de exposiciones, publicaciones, conferencias y todo tipo de actividades- la mejor aproximación a las últimas novedades científicas, convirtiéndose en auténticos “escaparates de la ciencia” y en foros de encuentro entre los científicos y la sociedad. También son los museos quienes nos hacen sentir partícipes de la historia común, que se materializa en las piezas de una colección de objetos de valor científico y tecnológico y que al ser expuestos contribuyen a desarrollar nuestra curiosidad, por su carácter de reliquia, ser objetos extraños o simplemente desconocidos. Otras funciones no son menos importantes, como el contribuir a desarrollar la curiosidad, que se manifiesta en el hecho de que, infaliblemente, los visitantes tienen más preguntas al salir que al entrar.

Valores culturales de la ciencia

Para terminar de defender la necesidad de cultura científica, y comenzando un último capítulo de mi intervención dedicado a conclusiones, creo que es bueno analizar los valores que la ciencia y la tecnología -de modo más o menos exclusivo- aportan o potencian en la cultura de nuestros días. A mi entender, estos serían algunos de ellos:

- Curiosidad
La ciencia se basa, ante todo, en un insaciable deseo de conocer y comprender, que se puede manifestar de muchas formas; por ejemplo, en la búsqueda de datos complementarios y de su significado en cada situación.

- Escepticismo
La ciencia promueve la búsqueda y exigencia de pruebas, y la evaluación continua del conocimiento con espíritu crítico. En ciencia se ha de cuestionar todo y es imprescindible la honestidad.

- Racionalidad
Entendiendo como tal un respeto a la lógica, así como la necesidad de considerar antecedentes y consecuencias de cada fenómeno analizado. Es la búsqueda de causas y motivos naturales de los fenómenos. La persona racional no es supersticiosa.

- Universalidad
Es decir, que lo que es válido para uno es válido para todos, independientemente de la raza, la religión o la cultura. Los frutos de la ciencia y la tecnología pertenecen a toda la humanidad.

- Provisionalidad
Es una característica esencial del conocimiento científico. Aunque pueda resultar incómodo, debemos incorporar esa realidad como un valor, frente a esquemas de certeza, permanencia e inmutabilidad. Este es, sin duda, un punto crítico, porque a muchas personas les gustan las respuestas firmes, y la incertidumbre es difícil de aceptar. Ello no deja de ser una razón más; hemos de acostumbrarnos -educarnos- a convivir con la provisionalidad. "No se llega a la certeza con la razón sino con la fe", nos dijo Guillermo de Occam.

- Relatividad
Muy relacionado con lo anterior está la necesidad de matices que necesita una calidad en las afirmaciones. La incertidumbre de resultados, el margen de error, el borde de la indefinición o la frontera son terrenos habituales por donde se mueve la ciencia, y el transitar por ellos nos educa en la comprensión de los niveles de riesgo, el valor de las estadísticas y la capacidad de evaluar a priori el éxito o fracaso de una iniciativa.

- Autocrítica
Es esencial en la ciencia el dudar de toda conclusión que uno mismo formula. La ciencia es crítica consigo misma, y también debe estar abierta al escrutinio social, histórico y cultural, tanto por parte de intelectuales como de la sociedad en general.

- Iniciativa
La necesidad de revisión continua que tiene la ciencia y la posibilidad permanente de mejorar las soluciones tecnológicas obligan a una actitud de inconformismo y emprendedora, a la valoración y asunción de riesgos en la innovación, asumiendo los ensayos fallidos como pasos imprescindibles y útiles de un proceso.

- Apertura
Implica la disponibilidad para escuchar y aceptar ideas de los demás, y a cambiar las propias en función de la evidencia. La apertura es imprescindible para la innovación y para que fructifique la creatividad.

- Creatividad
Es clave en la tecnología, para buscar soluciones a problemas divergentes, y para establecer relaciones originales, diseñar experiencias, proponer hipótesis, inventar y diseñar leyes, modelos, teorías, aparatos, mecanismos, procedimientos, métodos, ...

Al terminar esta relación de valores tengo necesidad de recordar que el conocimiento científico no es incompatible con ninguna otra faceta de la cultura, salvo quizás los dogmas infalibles y las supersticiones. La comprensión del color azul del cielo, de la evolución de las estrellas o del funcionamiento del corazón no implica desterrar los conocimientos artísticos o poéticos de esos fenómenos. De hecho, el conocimiento científico abre, como sabemos, nuevas herramientas y nuevos campos para la estética (pensemos en la nanotecnología y en el espacio, en macrofotografías, creaciones de ingeniería, modelos informáticos,...). En este momento es imprescindible realizar una cita de Santiago Ramón y Cajal, padre de las neuronas: “El Jardín de la Neurología brinda al espectador espectáculos cautivadores y emociones artísticas incomparables. El él hallaron, al fin, mis instintos artísticos plena satisfacción. Como entomólogo a caza de mariposas de vistosos matices, mi atención perseguía, en el vergel de la sustancia gris, células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecería algún día el secreto de la vida mental”

La ciencia, por su parte, depende de todos los valores humanísticos, porque es humanismo. En palabras de la astrónoma Maria Mitchell, “necesitamos especialmente la imaginación en ciencia; la ciencia no es todo matemática, ni todo lógica, la ciencia es también belleza y poesía”.

Conclusiones

Al cerrar esta intervención en el escenario de un Parlamento no puedo dejar de resumir mis ideas en forma de unas pocas conclusiones, sabiendo que van dirigidas específicamente a responsables públicos.

Las Administraciones Públicas han de considerar el criterio científico como un elemento clave en la elaboración de normas y en la toma de decisiones. Además han de fomentar la cultura científica de la sociedad, adoptando medidas encaminadas a los siguientes objetivos:

a) Potenciar la enseñanza activa de las ciencias en todos los niveles del sistema educativo, en especial en las etapas básicas, de modo que el fruto de ese aprendizaje sea útil y relevante para la vida de las personas y para su visión del mundo. Esta educación ha de insistir en las actitudes, procesos y habilidades propias de la ciencia, así como en la relación con las demás disciplinas académicas.

b) Promover la formación científica permanente, de modo que todas las personas puedan tener, en todo momento de su vida, criterio propio sobre las modificaciones que tienen lugar en su entorno natural y tecnológico, ayudándoles ante la rápida obsolescencia de conocimientos motivada por la velocidad de los cambios. El derecho a la educación no caduca al terminar la adolescencia.

c) Apoyar la comunicación y divulgación de la ciencia y de la tecnología, contribuyendo a la formación en esos campos de investigadores, educadores, divulgadores, periodistas y comunicadores en general. Fomentar y apoyar a las instituciones creadoras de ciencia, a los investigadores y a las empresas en general para que realicen acciones de divulgación y comunicación científica. Apoyar y estimular a todas las instituciones y empresas involucradas en el desarrollo de la cultura científica.

martes, 15 de junio de 2010

El progreso científico en España

Las tapas de Barcelona, el Museo del Prado de Madrid y la arquitectura de Sevilla forman parte de los atractivos internacionales de España, pero su patrimonio científico no siempre ha sido tan digno de menciónEl país no ha experimentado la misma productividad y crecimiento científicos que han disfrutado otros países europeos, como Alemania y Reino Unido.

En España las subvenciones han sido escasas, y su sistema académico y de investigación ha estado dominado por una cultura burocrática y un exceso de funcionariado público sin incentivos a la excelencia. Sin embargo, las cosas están cambiando en España. Desde el año 2000, nuevas iniciativas, impulsadas y financiadas por las comunidades autónomas, han dado lugar a la creación de nuevos institutos de investigación, que han fomentado un cambio significativo.

Se ha producido un aumento en la contratación de expertos investigadores extranjeros, un mayor número de científicos españoles que trabajaban en el extranjero están regresando a España y se vive cada día con más entusiasmo la sensación de que España va camino de ocupar un lugar en el mundo de la ciencia. Pero todavía queda mucho por hacer.

Según Cristina Garmendia, ministra española de Ciencia e Innovación, España ha pasado de ocupar el puesto número 30 a situarse en el noveno puesto en el ranking mundial de potencias científicas. Este salto en su clasificación fue el segundo más rápido en todo el mundo, solo detrás de China. Felipe Pétriz, secretario de Estado para la investigación del ministerio, señala que España produce algo más del 3% de los artículos científicos mundiales, con más de 36.000 publicaciones científicas anuales.

Esta mejora es significativa. España, al ser un estado democrático solo desde el año 1978, ha vivido durante años al margen de la ciencia. Sin embargo, el hecho de que "no exista una larga tradición en ciencia es una ventaja", afirma Erwin Wagner, director del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) de Madrid. "Aquí la gente está muy motivada. Se trata de algo nuevo, y todo el mundo está entusiasmado."

Un clima de cambio

Miguel Beato está muy motivado para conseguir crear un sistema de excelencia en la investigación y, como director del Centro de Regulación Genómica (Centre de Regulació Genòmica - CRG), un instituto internacional de investigación de Barcelona, está contribuyendo a la metamorfosis nacional. El CRG es tan solo un ejemplo de los cambios que se están produciendo en el país, especialmente en Cataluña.

Beato, que es doctor en Medicina por la Universidad de Barcelona y posee un doctorado por la Universidad de Göttingen, realizó un posdoctorado en el Centro de Investigación del Cáncer de la Universidad de Columbia. Ha trabajado 30 años en la Universidad de Marburg, en Alemania, y regresó a España como director fundador del CRG a principios de esta década.

El CRG, que cuenta con el apoyo del gobierno de Cataluña, una de las 17 autonomías de este país excepcionalmente descentralizado, opera bajo un marco novedoso que permite a los dirigentes del centro trabajar con independencia, y define unos criterios muy claros de éxito (número de artículos de alto impacto publicados, por ejemplo) para evaluar a los investigadores. A diferencia de la mayoría de las universidades españolas, donde los científicos trabajan en "condiciones rudimentarias", según Beato, los investigadores del CRG disfrutan de laboratorios de alta tecnología y de grandes programas de puesta en marcha.

Muchos de los científicos son contratados en el extranjero (el 65 por ciento del personal científico no es español) y dos terceras partes son investigadores junior. Los 300 científicos del CRG se organizan en 30 grupos de investigación y son evaluados por un comité científico asesor externo. El propio instituto está dirigido por un consejo directivo. Según Beato, el CRG ocupa la posición número 20 en el mundo y está situado en los primeros puestos en España en cuanto a número de citas de artículos de sus investigadores. Aunque su presupuesto es modesto, 12 millones de euros (garantizados por el gobierno municipal/autonómico), "por cada euro gastado, se obtiene un nuevo euro en concepto de subvenciones", afirma Luis Serrano, subdirector del CRG y jefe del programa de biología de sistemas.

En los últimos 20 años, el gobierno autonómico del País Vasco ha implementado y perfeccionado una política científica y tecnológica global que integra financiación y programas de investigación y desarrollo. Como resultado, para algunos observadores, esta región autónoma parece estar ligeramente por delante en la curva del progreso científico en comparación con el resto de España. El País Vasco posee su propia fundación científica, Ikerbasque, cuyo objetivo es fomentar la investigación innovadora atrayendo a investigadores experimentados a los institutos de la zona.

Para lograr esto, la Fundación financia los puestos, que son permanentes desde el principio, en universidades locales y en centros de investigación sin ánimo de lucro. La región cuenta con un número de centros de excelencia financiados por el gobierno, que destacan por sus trabajos sobre el cambio climático y las matemáticas aplicadas, por ejemplo, así como centros de investigación cooperativa, que se centran en diversos focos de interés, entre los que cabe mencionar la biotecnología, la nanotecnología y la tecnología de fabricación.

Nicola G. A. Abrescia, líder del grupo de biología estructural del Centro de Investigación Cooperativa en Biociencias, CIC bioGUNE), recibe financiación de Ikerbasque. "Es muy difícil atraer a científicos internacionales a esta región, por lo que se les ofrece estabilidad," argumenta. "Aquí por lo menos su salario es seguro, de modo que pueden centrarse en la ciencia. Pero esto no significa que nos podamos relajar. El gobierno vasco está realizando grandes inversiones en el personal científico, de modo que existe un impulso para seguir adelante." Pero Abrescia comenta que todavía quedan pasos a seguir para que la zona logre sus ambiciones. "Es una región en movimiento. Tiene un gran potencial. Con el tiempo se convertirá en un centro internacional de excelencia."

El Baile de la Ciencia

En toda España, los bancos desempeñan un papel crucial en el llamadao baile de la ciencia. Las divisiones filantrópicas de algunas empresas, como La Caixa, el tercer grupo financiero español según afirma su página web, ofrecen becas de hasta 100.000 euros durante cuatro años para estudiantes de doctorado que realicen investigaciones en el CRG. Los bancos ya estaban pagando los estudios a alumnos españoles para que realizaran su doctorado en institutos de alto nivel en el extranjero, según comenta Beato, por lo que esta iniciativa era una extensión natural de los programas existentes. En el CNIO, el grupo de Wagner está financiado por la Fundación BBVA, la división encargada de la responsabilidad social corporativa del BBVA, una institución financiera mundial con 150 años de antigüedad y clasificada como el segundo mayor banco español. La fundación, que se centra especialmente en apoyar la investigación científica en biomedicina, ciencias sociales y medio ambiente, prometió dedicar 2,5 millones de euros durante cinco años al programa de Wagner.

Pero el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares, CNIC, el instituto hermano del CNIO, tiene un modelo de financiación diferente. Se sustenta en una alianza única público-privada, en la que diversas empresas, fundaciones y bancos españoles invierten capital en una organización independiente, la Fundación Pro CNIC. Los investigadores del CNIC se benefician no solo de la ayuda monetaria que procede de la Fundación, sino también del know-how industrial procedente de los ejecutivos corporativos que la asesoran.

Mientras que el CNIO y el CNIC, ambos creados a finales de los noventa, son entidades con financiación nacional, el CRG, fundado en el año 2000 y en funcionamiento desde el 2002, es uno de los más de doce institutos de investigación de Cataluña que fue concebido y dirigido por Andreu Mas-Colell, un economista que fue consejero de Universidades e Investigación de Cataluña desde el 2000 hasta el 2003. Su idea era crear una nueva forma de estimular la innovación científica en España, para que se alejase de la cultura del funcionariado que asoló al país. "La mentalidad del funcionario era, y todavía es, el principal obstáculo para la ciencia en España," cree Beato. "No existe reconocimiento al buen trabajo realizado."

Estos institutos, que incluyen la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados (Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats, ICREA), un centro de investigación "sin muros," y el Parque de Investigación Biomédica de Barcelona (Parc de Recerca Biomèdica de Barcelona, PRBB), no ofrecen puestos permanentes a sus investigadores. Su política es evaluar cada cinco años sus méritos de investigación y, si cumplen unos criterios determinados estipulados por el Comité Científico Asesor, los investigadores mantienen su puesto. Aún así, los investigadores junior deben marcharse tras colaborar nueve años.

Pero los institutos son oasis de distinción científica en un paisaje aparentemente desértico. Las universidades están saturadas de funcionarios públicos cuya atención se centra en la enseñanza, más que en la investigación basada en fuentes propias. Y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC, se enfrenta a sus propios desafíos. Sabine Hilfiker, una científica suiza que trabaja en el CSIC, señala que, aunque el 40-50 por ciento de las propuestas de subvención presentadas reciben financiación, las subvenciones son insignificantes.

El elevado porcentaje de subvenciones otorgadas "sería maravilloso si cada subvención fuera de un importe suficiente", comenta Hilfiker, "pero el dinero (total) asignado a la investigación es una cantidad fija, de manera que las ayudas individuales son cada vez más pequeñas." Su última subvención fue de 100.000 ? para tres años. Esta situación obstaculiza de forma significativa la capacidad de España para dar un salto que la sitúe como un competidor científico mundial a tener en cuenta.

También existe una barrera en cuanto al idioma. "Se puede presentar una propuesta de subvención en inglés, pero también se debe presentar una versión en español," observa Hilfiker. Las propuestas de subvención por un importe inferior a 150.000 ? presentadas al Ministerio de Sanidad solo se pueden presentar en español. Y el Ministerio de Ciencia e Innovación modificó sus requisitos respecto al idioma hace apenas tres años, cuando levantó la restricción de que todas las propuestas debían estar escritas en inglés y en español; en estos momentos, basta una versión en inglés.

Cerebros extranjeros en España

A pesar de todo, España sigue siendo una opción atractiva para la gente de otros países, siempre y cuando sepan como desenvolverse con todo el papeleo. "Recibo un gran apoyo como extranjero," comenta Wagner, que obtuvo su doctorado en Austria y realizó investigaciones en Filadelfia (Estados Unidos) y en Heidelberg (Alemania), antes de incorporarse, en 1988, como científico senior y miembro fundador al Instituto de Investigación de Patología Molecular de Viena. En el 2008, él y su laboratorio se trasladaron al CNIO. "Cuando llegué, la ministra de Sanidad vino y me saludó," comenta. Y bromea diciendo que "había un cheque esperándome." Como extranjero, Wagner paga un impuesto personal fijo del 25 por ciento durante los cinco primeros años que trabaje aquí, y señala que la posibilidad de obtener subvenciones nacionales es elevada.

Pero existen algunos inconvenientes en el sistema español, especialmente para los recién llegados. Celine Perier, una investigadora francesa de posdoctorado en el Instituto de Investigación del Vall d'Hebron (Barcelona), fue contratada para trabajar en España desde otro puesto de posdoctorado en la Universidad de Columbia, bajo el programa Ramon y Cajal (RyC). Los investigadores del programa RyC son contratados por cinco años para realizar investigaciones en diversos institutos del país.

Perier nos comenta que disfruta con las personas con las que está trabajando, y que su grupo de investigación recibe suficiente dinero en subvenciones. Pero, en comparación con Columbia, que posee "una masa crítica de especialistas", en España este factor es notablemente menor. Según Perier, las colaboraciones de investigación significativas deben ser con equipos de fuera de su instituto o, incluso, del país.

Pero Vivek Malhotra, un estadounidense que pasó 18 años en la Universidad de California, y que actualmente es coordinador del Programa de Biología Celular y Desarrollo en el CRG y profesor del ICREA, aclara que cuando se trata de disfrutar del estilo de vida de la ciencia española, todo depende en gran medida de donde vas a parar.

Cuando en 2007 se incorporó al CRG, nos comenta que sintió "sinergia"; después de todo, él estaba en un edificio de nueva construcción, le ofrecieron la oportunidad de incorporar a personal para su departamento, recibió un importante programa de puesta en marcha "que fácilmente podría hacer funcionar un laboratorio de cinco o seis personas sin necesidad de buscar ninguna financiación externa", señala, y no tuvo que participar en demasiadas obligaciones administrativas, a pesar de ser jefe de departamento. "Me pude centrar en la ciencia," afirma. Malhotra valora el modelo de "titularidad renovable", en la que cada cinco años los investigadores son evaluados. "Te mantiene alerta."

Como era de esperar, Malhotra aconseja a los investigadores americanos y otros investigadores de otros países que desean trasladarse a la tierra del "Más allá" (el lema nacional) que busquen un instituto que esté bien financiado. "A la gente le encantaría venir a Barcelona, por todo lo que la ciudad tiene que ofrecer," explica. "Pero los científicos más jóvenes están preocupados porque más tarde podrían quedarse sin trabajo," especialmente después de nueve años de "titularidad", ya que no tienen ninguna garantía de encontrar un puesto en otros lugares del país.

A pesar de esto, Malhotra y otros científicos creen que el sistema de no titularidad es una baza para forjar el futuro tecnológico de España. "Si España pudiera crear más institutos como el CRG con la clara intención de que los científicos se quedaran aquí mientras fueran buenos en su campo", la gente se sentiría atraído por esto, comenta.

Razones para ser optimistas

La gran crisis económica mundial ha golpeado duramente a España. El país registra una tasa del 20 por ciento de desempleo, y el presupuesto del CSIC se ha reducido en un 14 por ciento en el 2010.

A pesar de estos factores, Mas-Colell, actualmente secretario general del Consejo Europeo de Investigaciones en Bruselas, prevé un futuro prometedor para los científicos de España

"Cuando se mira desde una perspectiva histórica", dice, "España está en una buena posición." Ofrece las siguientes pruebas de que el país logrará sus objetivos: las cifras del "gasto en investigación, número de artículos y citas apuntan a una mejora constante de la investigación científica en España."

Todos estos números aún son bajos en comparación con los países europeos más avanzados científicamente, reconoce, pero cita un dato concreto para apoyar su teoría. El gasto en I+D en España representa actualmente un 1,35 por ciento del producto interior bruto (PIB) mientras que hace 20 años era del 0,6. "El nivel de gasto en investigación de España no es nada del otro mundo," reconoce, "pero la tasa de crecimiento de dicho gasto sí que es destacable." Comenta que, mientras que en el conjunto de Europa la inversión en investigación científica se ha estancado, en España dicha inversión está al alza.

"El punto de partida era bajo," dice Mas-Colell, pero ahora, "las autoridades autonómicas y estatales han canalizado nuevos recursos hacia nuevas iniciativas."

Reconoce que un factor que contribuye a la falta de avance de la investigación en España es la actual crisis económica. "El sector de la I+D en España debería reconocer que después de cinco años con un incremento superior al 25 por ciento en el gasto público anual, debe estar dispuesto a resistir uno o dos años de reducciones presupuestarias." Mas-Colell sostiene que el sistema científico español "es frágil" y que la nación no puede permitirse el lujo de volver hacia atrás durante un periodo de recortes financieros. Para que España prospere, "es un imperativo que la política de investigación sea selectiva, con los recursos centrados en las instituciones que ya han demostrado que pueden competir a nivel internacional." Los líderes políticos deben resistir la tentación de reducir la ayuda financiera a estos activos estratégicos nacionales, y subraya que la solución radica en un sistema público/privado que se centre en la excelencia.

El secretario de Estado Pétriz, catedrático en matemática aplicada, considera que la resolución del problema puede proceder de un campo diferente: el sector industrial. "La innovación es fundamentalmente un producto del sector empresarial," afirma. "Por eso, es necesario contar con un mayor número de [empresas] y, lo que es más importante, con más empresas innovadoras. España carece de grandes empresas autóctonas." Pétriz aclara que existe una división cultural entre los organismos públicos de investigación, universidades y el sector empresarial y cree que "debemos mejorar la relación entre estos agentes de I+D" con dos objetivos prioritarios.

Primero, el sistema debe generar oportunidades para que los investigadores centren sus esfuerzos en resolver los problemas planteados por las empresas. Y en segundo lugar, se deben forjar los canales que permitan que las empresas financien los proyectos de investigación que consideren interesantes. Comenta que uno de los objetivos de España es "movilizar 6.000 millones de euros adicionales en el sector de investigación privado [un 1,9 por ciento del PIB]."

Pétriz, que fue nombrado secretario de Estado a finales de 2009, dice que la coordinación de las políticas de innovación de las autonomías y del gobierno central también se podría mejorar. Por suerte, tanto su visión como la de Mas-Colell podrían cristalizar pronto. En marzo de 2010, los ministros españoles aprobaron el texto de una nueva ley de la ciencia. Aunque todavía debe ser aceptada por el Parlamento, Garmendia dijo a la prensa que la ley podría proporcionar "un nuevo modelo" para el sector de la investigación y desarrollo científicos.

Entre sus diversas características, la ley establece una nueva agencia de investigación española e impulsa las actividades empresariales financiadas por el Estado y las autonomías. Pétriz está especialmente satisfecho con este punto de la nueva ley, en el que se establece una nueva Estrategia de innovación del Estado, según la cual "las ideas para el desarrollo de la innovación a nivel de Estado serán coordinadas con las políticas de innovación adoptadas por las comunidades autónomas." La ley permite a los investigadores proseguir un proyecto empresarial basado en sus innovaciones y "participar en los beneficios que dichas investigaciones generen", explica. El componente empresarial será reactivado por un nuevo secretario de Innovación.

La metamorfosis que convierta a España en un líder científico internacional es posible. Con una experiencia investigadora nacional en biotecnología, transporte, industria química y tecnología de la información, por nombrar algunos campos, que ya trasciende las fronteras entre universidades, organismos y comercio, no hay duda de que la democracia puede lograr sus ambiciosos objetivos, sostiene Mas-Colell.

"La cuestión es si queremos o no queremos lograrlos. La clave para el siguiente paso positivo en la reforma del sistema de investigación español es convertirlo en un sistema más abierto que el actual." El paisaje actual de institutos y centros de investigación que contratan a líderes de todo el mundo es aún bastante anecdótico, señala. La mayor parte del sistema académico es muy tradicional, muy cerrado. "Es difícil para los que no son españoles poder entrar en dicho sistema," comenta. "Existe un límite respecto a lo que España puede lograr si el sistema no se hace más abierto".



Fecha de publicación:

15/06/2010

Autor:

Alaina G. Levine

Fuente de la noticia:

SCIENCE MAGAZINE

lunes, 14 de junio de 2010

Una nueva bacteria con posible capacidad antitumoral representa a la upo en el concurso igem

El equipo de la Olavide, uno de los dos españoles que compiten en este certamen de un total de 130, trabaja en el diseño de una bacteria capaz de dirigir hacia un punto concreto a poblaciones bacterianas mediante señales químicas.

Un grupo de alumnos y profesores de la Universidad Pablo de Olavide compiten con una nueva bacteria con posible capacidad antitumoral en la presente edición del concurso iGEM, organizado por el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés) para alumnos no titulados.



Esta cita internacional busca impulsar entre los miembros más jóvenes de la comunidad científica la investigación en Biología Sintética, un campo en alza que estudia el diseño y la construcción de sistemas biológicos, y cuyo último hito ha sido la reciente creación de una bacteria con material genético sintetizado enteramente in vitro.



Los 130 equipos de todo el mundo que compiten en este certamen -de los que sólo 2 son españoles, el de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y el de la Universidad Politécnica de Valencia- deben elaborar, ejecutar y buscar financiación para un proyecto científico en el que se creen organismos vivos capaces de llevar a cabo nuevas funciones, lo que se conoce como ?máquinas biológicas?, mediante la manipulación de sus genes y los circuitos de regulación que los controlan.



En concreto, la propuesta presentada desde la UPO busca la creación de una nueva bacteria capaz de usar señales químicas a distancia para aumentar la concentración local de bacterias en la zona deseada. Para hacer de esta idea una realidad, los profesores Luis Merino y Fernando Govantes están trabajando junto a los alumnos de Biotecnología David Caballero, Adrián Arellano, Paola Gallardo, Félix Reyes y Eva Fernández, además de Eduardo Pavón, estudiante de Ingeniería Técnica en Informática de Gestión.



?El uso de la Biología Sintética permite un mayor control del sistema y nos da la posibilidad de racionalizar el diseño y de utilizar herramientas de simulación y modelado a tal efecto?, señala Fernando Govantes. En esta línea, el grupo de la Olavide está trabajando en la creación de una nueva estirpe de la bacteria Escherichia coli, capaz de reconocer una estructura específica expuesta sobre una superficie como, por ejemplo, la de una célula. A raíz de esta interacción, la bacteria produce una señal química que atrae en la distancia a otras bacterias hacia un mismo punto. ?Este concepto se puede utilizar en el futuro para dirigir poblaciones bacterianas hacia dianas biológicas, con el fin de destruir células tumorales, por ejemplo, o hacia dianas químicas, de forma que se pueda eliminar eficaz mente sustancias contaminantes?, apunta el profesor de la UPO.



La combinación de informática y genética es esencial en este proyecto de Biología Sintética, una ciencia de base multidisciplinar. De esta forma el profesor Luis Merino, como experto en Informática de Sistemas, supervisa la generación de modelos matemáticos e informáticos, lo que se conoce como laboratorio en seco. Con ellos se puede trabajar de manera virtual en la construcción de un diseño racional que aúna en un único organismo la combinación de genes, sistemas de regulación y de señalización procedentes de distintas bacterias. ?La informática nos posibilita contar con herramientas de simulación y modelado, cuyos resultados luego llevamos al laboratorio en la parte experimental del proyecto?, señala Fernando Govantes.



Los resultados obtenidos por los distintos equipos que participan en el iGEM se presentarán el próximo mes de noviembre en la sede del MIT en Boston, y tras la presentación se darán a conocer los equipos ganadores.



Para realizar su trabajo, el grupo de la Olavide cuenta actualmente con el respaldo económico del Decanato de la Facultad de Ciencias Experimentales, de la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI), y del Consejo de Estudiantes de la universidad (CEUPO).

sábado, 12 de junio de 2010

5/5 las especies como matriuskas rusas

las especies como matriuskas rusas: un saltamontes colonizado por una bacteria que vive dentro de sus células. Esta bacteria, a su vez contiene a su vez un virus. El virus le proporciona a la bacteria herramientas moleculares para que la bacteria se mantenga en la población de saltamontes. De esta manera en un ejemplar de saltamontes infectado tendremos al saltamontes, la bacteria y el virus todo en uno. Pero aun hay más. Recientemente el grupo de McMeniman de la Universidad de Queensland ha conseguido infectar mosquitos transmisores del virus del Dengue con Wolbachia, otros grupos han descubierto que el gusano que causa la filariasis, una enfermedad tropical que afecta a 120 millones de personas, está a su vez infectado con la bacteria Wolbachia, y que si matan a la bacteria con un antibiótico, el gusano por si mismo no puede sobrevivir. De esta manera están administrando antibiótico a los enfermos de filariasis como tratamiento coadyuvante con éxito. Todo esto nos indica que a este sistema de tres bandas: virus, bacteria e invertebrado hay que añadir ahora un nivel más de complejidad, la tecnología que empleará la bacteria para mejorar la salud de otra especie, la nuestra.


Foto gusano de la filariasis

4/5 La inmaculada concepción: Wolbachia permite a las avispas reproducirse sin necesidad de machos

Wolbachia es capaz de alterar el estado hormonal de las hembras de manera que los huevos se convierten en embriones sin necesidad del esperma del macho. Todos los embriones fecundados sin esperma se convierten en hembras, las cuales también pueden dar procrear sólo hembras. En otras especies Wolbachia permite que nazcan machos, pero altera sus hormonas de manera que los feminiza y los hace capaces de producir huevos. Por último, esta bacteria es capaz de matar a los embriones machos. Gracias a herramientas como ésta, Wolbachia manipula las poblaciones de sus hospedadores, de manera que en vez de tener poblaciones en donde la mitad son machos y la otra mitad hembras resulta que por cada 99 hembras hay un solo macho. Obviamente cuando se llega a esos extremos las hembras viven una situación de intensa competencia por los machos que como podemos imaginar viven acosados y extenuados. La carrera de armamentos de Wolbachia y sus hospedadores
El investigador Greg Hurst del University College de Londres descubrió que la mariposa Hypolimnas bolina



Foto Hypolimnas bolina

la cual tenía una relación de 99 hembras por cada macho, en los años 2005 al 2006 cambió esta relación a la de 60 hembras por cada 40 machos. Este cambio se produjo en solo 10 generaciones debido a una variante genética que hacía que la toxina de Wolbachia no funcionase. Obviamente las mariposas sin Wolbachia se reprodujeron más y mejor reestableciendo el equilibrio entre sexos. Este fue un caso claro de evolución en acción en un espacio de tiempo reducido.

Los humanos nos sumamos a la asociación tripartita virus-bacteria-invertebrado.



Algunos invertebrados interactúan con nosotros de la manera más molesta, me estoy refiriendo a mosquitos, gusanos, garrapatas. El mosquito nos pica para robar nuestra sangre. Este hecho puede ser explotado por gusanos parásitos como el que provoca la malaria, que infecta a 210 millones de personas en todo el mundo. En estos momentos hay varios proyectos financiados por la Fundación Bill y Melinda Gates que emplean Wolbachia para controlar la población de mosquitos que transmiten el parásito que causa la malaria. En estos proyectos se explota la habilidad que tiene Wolbachia gracias a su técnica de incompatibilidad citoplasmática para parasitar a todos los individuos de una especie. La segunda enfermedad más común de las transmitidas por mosquitos y que afectan a los seres humanos es el dengue. Actualmente existen alrededor de 40 millones de casos de dengue y varios cientos de miles de casos de dengue hemorrágico cada año.
Recientemente el grupo de McMeniman de la Universidad de Queensland ha conseguido infectar mosquitos transmisores del virus del Dengue con Wolbachia, así consiguieron reducir a la mitad la esperanza de vida del mosquito. Como el virus del dengue requiere un par de semanas en el mosquito para adquirir su capacidad infecciosa, estos investigadores creen que reducir su esperanza de vida disminuirá la peligrosidad del virus. Sugieren que esta estrategia podría aplicarse para frenar la malaria y la fiebre del Nilo Occidental. El grupo de Eric Pearlman de la Universidad Case Western Reserve de Cleveland ha descubierto que el gusano que causa la filariasis, una enfermedad tropical que afecta a 120 millones de personas, está a su vez infectado con la bacteria Wolbachia, y que si matan a la bacteria con un antibiótico, el gusano por si mismo no puede sobrevivir.
Quedan muchísimos interrogantes sobre la biología de esta bacteria y su asociación con el virus fago WO, y sus múltiples hospedadores. Conocer más sobre esta asociación tripartita nos ayudará a entender cual es la lógica de los ADN egoístas y su papel en la evolución de los sistemas. Por ahora Wolbachia ya nos está enseñando que no estamos solos y que estamos en el mundo todos juntos. Wolbachia mata a los machos, produce la 'inmaculada concepción' y quizás acelera también la división entre especies estableciendo una relación entre virus-bacteria y hospedador.
El caso de Wolbachia ensancha nuestra visión sobre la naturaleza. Del mismo modo que Charles Darwin nos enseño que las especies actuales procedían de otras más antiguas, hoy en día empezamos a comprender que las especies no están solas en su lucha por la supervivencia. Un saltamontes es un saltamontes más las bacterias que viven en el y los virus de esas bacterias. Cada elemento le proporciona ciertas propiedades a todo el sistema. El hombre no puede sentirse como una especie donde sus individuos luchan entre si por la supervivencia desde el punto de vista que tenemos una cultura y un conocimiento científico que hace que otras especies trabajen conjuntamente para mejorar nuestra salud y nuestra forma de vida.