lunes, 31 de enero de 2011

Bacterias costureras: la moda que viene



Esta blusa de la fotografía está hecha con una fibra fabricada por unos microorganismos. Su diseñadora, la británica Suzanne Lee, investigadora senior del Centro Saint Martins College de Arte y Diseño de Londres, utiliza levaduras y bacterias para fabricar la ropa con la que después realiza las prendas de vestir que diseña. Obtiene una fibra biológica de celulosa,como el algodón, pero menos agresiva para el ambiente. Para el cultivo de algodón, cada año se consumen en todo el mundo miles de millones de litros de agua y gran cantidad de plaguicidas que después se acumulan en el ambiente. En cambio, la fibra que utiliza Lee, no necesita de grandes plantaciones ni de un consumo exagerado de agua. Basta con unas bañeras o depósitos llenos de té verde azucarado en el que crecen la levadura y las bacterias.BioCostura (BioCouture), el nombre del proyecto de Lee, se ha desarrollado gracias a una subvención del Arts & Humanities Research Council, institución británica que subvenciona la investigación en áreas muy diversas, como las artes visuales, la escritura creativa, el diseño,la música, la danza, el teatro, la historia del arte, la arqueología, la museística, el periodismo,la bibliografía, la lingüística o las culturas populares.

video Este video muestra el proceso que sigue Lee para la “fabricación” de la “tela”. De la misma manera que para hacer yogur partimos de yogur previo (la “madre” del yogur) que se añade a la leche, para hacer esta tela también se parte de un inóculo extraído de un cultivo anterior (véase en el vídeo mencionado), que se añade a un depósito o barreño donde se ha echado una infusión de té azucarado.
Colaboran en el proyecto BioCouture investigadores del Imperial College de Londres, que están realizando pruebas variando las condiciones de crecimiento de la mezcla de hongo y bacterias (varían principalmente la temperatura y las concentraciones de los nutrientes), para obtener fibras de calidad diferente. También se están realizando ensayos de diferentes tratamientos de la fibra con productos que la hagan impermeable al agua. Porque a la fibra original le pasa como al papel, que si se moja se convierte en una pasta.
Esa masa consistente, pero blanda, fabricada por los microorganismos que se han
añadido al depósito donde se cultiva la fibra, me recuerda al famoso hongo de mi infancia que mucha gente tenía en casa –y se lo comían-- porque estaban convencidos que lo curaba todo. Una consulta a la hemeroteca virtual de algunos diarios ilustra de la importancia que tuvo el hongo en la década de 1950. Se llamaba “kombucha”, u hongo de Manchuria. Según su introductor en España, un médico peruano apellidado Oliver, las principales enfermedades que atacaba el hongo eran el cáncer, la tuberculosis y las afecciones hepáticas, y aseguraba que también tenía poder energético y mejoraba el riego sanguíneo. [“El doctor Oliver, el del
hongo, está en Madrid”, La Vanguardia, 1 de julio 1952, p. 3].
La “kombucha” es una simbiosis de tres microorganismos: una bacteria del ácido acético (Acetobacter xylinum), productora de celulosa, y dos levaduras especiales:
Zygosaccharomyces rouxii y Candida sp.). Viven en una solución nutritiva de té azucarado, en el que se multiplican activamente. La incorrecta designación de “hongo” al conjunto se debe a que el cultivo produce un disco gelatinoso flotante que se difunde por toda la superficie del té y al cabo de varios días empieza a engrosar.

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