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miércoles, 7 de marzo de 2018

El Dr Shiro Ishii tiene todavía quien le defienda

El Dr Shiro Ishii es el equivalente japones al Dr. Mengele.
En este documental de la BBC se pueden escuchar testimonios de víctimas chinas del programa de guerra bacteriológica del Dr. Shiro Ishii así como de un japones arrepentido que había trabajado en la famosa Unidad 731 que comandaba Ishii. En el documental resulta escalofriante escuchar a un académico japones que niega la existencia del programa bacteriológico japones a pesar de innumerables testimonios que lo demuestran. Para verguenza de Japón, que no lo castigó, y de los Estados Unidos de América, que lo dejaron en libertad al final de la guerra, el Dr. Shiro Ishii continuó trabajando como científico después de la guerra y murió apaciblemente en su casa. Como dijo Ferdinand Celine: "Nada se da gratis en este bajo mundo. Todo se expía, el bien, como el mal, más pronto o más tarde se paga. El bien, forzosamente, mucho más caro".

domingo, 16 de noviembre de 2014

Shiro Ishii, el científico que inició la guerra bacteriológica moderna

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Teniente General Shiro Ishii. Criminal de guerra japonés
Cada vez que el ser humano domina una tecnología siempre hace uso de la misma con fines bélicos. Shiro Ishii, militar japonés y microbiólogo, inició la guerra bacteriológica en China. Con el fin de la guerra los americanos accedieron a darle inmunidad frente a sus horrendos crímenes de guerra a cambio de sus descubrimientos científicos hechos con prisioneros como si fuesen cobayas. La maldad de Ishii y el número de sus crímenes deja a Menguele, el doctor nazi, como un principiante en estas materias.

guerra
En 1936 se formó la unidad, oficialmente conocida como "Laboratorio de Investigación y Prevención Epidémica", a partir de 1941 sería conocido con el nombre de " Escuadrón 731" o "Unidad 731".
Shiro Ishii es considerado como uno de los locos criminales que iniciaron la guerra biológica moderna. Se graduó en la facultad de medicina de la Universidad de Kyoto en 1920 e inmediatamente entró en el ejercito. En 1924 se casó con la hija del presidente de la universidad de Kyoto, Torasaburo Akira y se doctoró en 1927. Un año después fue enviado a Europa con el cargo de agregado militar, estuvo dos años en occidente familiarizándose con las investigaciones biológicas. A su regreso a Japón se consagró a promover, investigar y fabricar armas biológicas. Su teoría se basaba en que la guerra moderna solo podía ser ganada con la ciencia y su capacidad para producir armas de destrucción masiva, tal y como pensaban los científicos occidentales durante la I Guerra Mundial.

Un hecho fortuito le ayudó a ser respetado como biólogo frente al ejercito y gobierno. En la población de Shikoku se desató una epidemia de meningitis, Ishii diseñó un filtro de agua especial y logró parar la enfermedad. Aprovechó la epidemia para convencer al ejercito que sus estudios serían muy beneficiosos.

En 1931 Japón establece el estado títere de Manchukuo, en Manchuria al norte de China a modo de protectorado que existió entre 1931 y 1945. Pues bien, en 1932 Shiro Ishii y un equipo de científicos viajan a esta zona y deciden establecer allí un centro de investigaciones, inaugurándose dicho centro a finales de ese año.

En 1937 comienza la segunda guerra chino-japonesa, los japoneses usan gas contra los chinos y comprueban los resultados haciendo los análisis en este tipo de laboratorios. Shiro Ishii establece definitivamente su base de operaciones en PingFang a 20 km al sudoeste de Harbin (Manchuria), que mejor campo de pruebas para sus prototipos de armas bacteriológicas que todo el territorio chino ocupado.

La base del escuadrón 731 ocupaba una extensión de 32 kilómetros cuadrados y estaba formada por unas 3000 personas entre científicos y técnicos, los soldados que vigilaban el perímetro de la base eran del Kempeitai o policía política japonesa (el equivalente japonés de la gestapo alemana o el NKVD rusa).

La base estaba compuesta sobretodo de laboratorios, salas de pruebas y de una gran prisión donde siempre había un gran número de prisioneros (sobre todo chinos y coreanos), realmente eran los conejillos de indias de sus experimentos.

En dichos laboratorios, los científicos manipulaban y guardaban insectos (pulgas, garrapatas o moscas) y varios animales contagiados con la peste bubónica, antrax y gérmenes que provocaban la disentería. Una vez controlados (los animales), exponían a los prisioneros al contagio, una vez contagiados los estudiaban para saber el tiempo de incubación y desarrollo de la enfermedad, esperaban unos 4 o 5 días, y los que morían les hacían la autopsia y los que sobrevivían les hacían una vivisección, para observar lo que producía la bacteria en su interior y saber porqué resistían, a veces no hacía falta que resistieran simplemente se le aplicaba la vivisección simplemente para ver el desarrollo total de la bacteria en el cuerpo. Tras estos experimentos llegaron a crear la "Bomba de Pulgas", objetos de porcelana llenos de pulgas portadoras de estas enfermedades y las lanzaban en avión a las poblaciones chinas, viendo el tiempo de reacción, contagio y extinción de la población elegida.

En octubre de 1940 soltaron una bomba de bacterias sobre Chuhsien, provincia de Chechiang matando a 21 personas, en noviembre del mismo año lanzaron otra, provocando una epidemia que mató a 99 personas en Ningpo.

Otro de los experimentos consistía en contaminar las fuentes de agua de las poblaciones para ver la rapidez del contagio y propagación. Incluso repartían golosinas infectadas con antrax a la población infantil para ver y analizar su reacción.

También hacían estudios de resistencia que les ayudaba a proteger más a sus soldados en el frente. Estos estudios consistían en amputar alguna extremidad y dejar morir desangrado al infortunado, controlando el tiempo que tardaba en morir, repitiendo en estudio en diferentes sitios y con diferentes variables (en agua, a varias temperaturas, etc).

Los inviernos allí eran muy duros, temperaturas de -40 a -45º, exponían a los prisioneros o alguna parte de ellos, a esas temperaturas congelándolos y luego intentaban varias técnicas para descongelarlas o deshidratarlas, para saber cual era el método más efectivo para hacer frente a la congelación y así salvar a más soldados japoneses.

En esa base también se probaban el alcance de las armas y de la metralla recibida en las explosiones, para ello ataban a un poste al sujeto de pruebas y hacían estallar granadas y minas a diferentes distancias, haciendo luego la autopsia o vivisección pertinente para analizar los diferentes resultados. También ataban al sujeto en un poste y probaban el alcance de los lanzallamas y demás armas, colocándolas en diferentes distancias y analizando los resultados.

Realizaban pruebas de resistencia como por ejemplo, colocar el sujeto en cámaras centrifugadoras hasta su muerte, en cámaras de vacío hasta que morían, incluso les inyectaban aire en las venas o simplemente les dejaban colgados boca abajo hasta morir.

Los japoneses no se dejaron nada sin probar: hongos, fiebre amarilla, tularemia, hepatitis, gangrena gaseosa, tétanos, cólera, disentería, antrax, encefalitis de las garrapatas, venéreas, peste bubónica, enfermedades orientales, tifus, tuberculosis, malaria, diferentes venenos de serpientes y otros bichos.

La mayoría de los prisioneros murieron durante o por causas de la esfermedades, pero hubo otros que simplemente los ejecutaron por lo débiles que estaban, puesto que en ese estado los análisis no eran objetivos.

En 1945, despues de interrogar a numerosos prisioneros japoneses llega a oídos del mando americano la existencia del escuadrón 731 y de los experimentos que desarrollaban, y se da comienzo un proceso de investigación, que concluye tras varios años de interrogatorios y persecuciones, con la captura de Shiro Ishii. Y aqui viene lo espeluznante del caso.

El mando americano (que no aliado) hace un trato con Ishii, que consistió basicamente en que yo no te acuso, ni te condeno, ni mueres si nos das todos tus apuntes, datos, análisis y resultados de tus experimentos. Es más te vas a poner al frente de nuestra nueva división de armas biológicas, como es lógico se aceptaron los términos del acuerdo y el coronel Ishii murió en Tokio a los 63 años de edad de cancer de laringe, con casa, coche y en libertad. Los rusos hicieron lo mismo con aquellos científicos que capturaron, a pesar que también experimentaron con soldados rusos.


El proyecto se llamó "Operación Maruta", cuya traducción es "Tronco" y así es como denominaban a los sujetos de pruebas de las investigaciones, porque para ellos no eran personas, eran seres inferiores, pues eso: conejillos de indias.

En este proyecto murieron cerca de 200.000 personas de varias etnias, pero sobre todo chinos y coreanos, y no descartaban a nadie fuera anciano, hombre, mujer o niño. Vamos todo un orgullo para el emperador Hiro Ito, que ni siquiera fue imputado en el Tribunal de Guerra para Oriente.


Para aquellos que no sufran con imágenes violentas la película china "Los hombres detrás del Sol" explica muy bien los experimentos realizados por la Unidad 731 del ejercito imperial japones durante la segunda guerra mundial contra la poblacion china

lunes, 28 de junio de 2010

Unidad 731: guerra bacteriológica en Asia

El 'Holocausto asiático'
por ARITZ PARRA
En agosto de 1945, la guerra estaba ya casi decidida. La ventaja de los aliados era clara y en Asia, antes de que el Enola Gay abriese sus tripas sobre Hiroshima, a Japón sólo le quedaba planear una retirada con dignidad. Una misión tan táctica como cualquier otro asalto, pues requería borrar los rastros de las atrocidades cometidas. En Manchukuo, la sucursal que el Imperio japonés había plantado en territorio chino —un Estado con Gobierno títere, sumiso a las órdenes de Tokio—, la retirada incluía desmantelar las misteriosas instalaciones del Laboratorio de Investigación y Prevención Epidémica, situado a las afueras de Harbin.
La unidad, disfrazada de planta de purificación de agua, estaba constituida por un centenar de edificios, repartidos en seis kilómetros cuadrados. Entre los médicos y soldados japoneses que allí trabajaban, el lugar era conocido como el Escuadrón 731, un programa secreto de investigación y desarrollo de armas biológicas que, entre 1937 y 1945 —la duración de la Segunda Guerra Chino-Japonesa—, llevó a cabo experimentos con entre 3.000 y 12.000 civiles y prisioneros. Entre éstos había chinos, rusos, coreanos y mongoles, pero también europeos y americanos.
En esta especie de Auschwitz instalado en el corazón de Manchuria se investigó el uso de patógenos como bioarmas y se realizaron pruebas médicas con cobayas humanas. Las cirugías, amputaciones y disecciones a pacientes con vida estaban a la orden del día, en muchos casos sin anestesia pues se consideraba que ésta podía distorsionar los resultados. A los prisioneros se les conocía como ‘marutas’, o maderos en japonés, porque los laboratorios estaban camuflados como aserraderos. Algunos fueron obligados a inhalar gases nocivos; a otros se los abandonaba en el duro invierno del noreste chino para explorar el proceso de congelación de la carne.
También se quiso saber cuánta sangre era capaz de perder un prisionero con un miembro amputado. No pocos acabaron con el cerebro, los pulmones o el hígado extraídos, y a algunos se les inyectó orina de caballo en el hígado, entre los miles de casos dificílmente justificables como exprimentos médicos. En la sede del escuadrón se almacenaban fetos y cuerpos de adultos en formol, y la unidad era capaz de producir grandes cantidades de ántrax y bacterias causantes de la peste bubónica. La operación ‘Cerezos en flor por la noche’, a mediados de 1945, planeaba emplear ataques kamikaze sobre la costa de California con bombas cargadas de esta bacteria. El ataque atómico lanzado por EEUU sobre Hiroshima y Nagasaki interrumpió el plan.
El arquitecto de esta barbarie fue Shiro Ishii. Militar graduado en medicina por la Universidad Imperial de Kioto, Ishii profesaba una macabra fascinación por la guerra bacteriológica. Si había que prohibir las armas biológicas, como había hecho el Protocolo de Ginebra en 1925, era porque podían ser extremadamente poderosas, pensaba Ishii. Convenció al emperador Hiro Hito de la ventaja que la investigación en diversos campos relacionados con la medicina podrían aportar en el campo de batalla y así, dado que Japón quería expandirse hacia el sur de Manchukuo y conquistar toda China, en 1936 le fue asignado el trabajo con un generoso presupuesto.
Como sede del Escuarón 731, Ishii levantó un complejo con aeródromo, línea férrea, barracones, calabozos, laboratorios, quirófanos y crematorio, cine, bar y hasta un templo Shinto. «La misión divina de un doctor es bloquear y tratar las enfermedades», dijo a sus empleados, «pero el trabajo en el que nos vamos a embarcar es lo opuesto». Hablaba en serio. En China, se considera que los ensayos para extender el cólera, ántrax y la peste llegaron a matar a unas 400.000 personas.
Desde el Escuadrón, y bajo la batuta de Ishii, se coordinaba el trabajo de media docena de subunidades similares por todo el sudeste asiático ocupado. Cada una tenía su especialización: el estudio de la peste; la fabricación de bacterias de tifus, cólera o disentería; experimentos para ver cómo respondían los humanos a la privación de alimentos y agua… Al final de la guerra, Ishii ordenó a sus subordinados «llevarse el secreto a la tumba» y durante la huida a Japón, se les entregó cianuro de potasio para poder suicidarse en caso de ser capturados por las tropas aliadas.
El ‘Holocausto asiático’, que incluye la masacre de unos 300.000 ciudadanos en Nanjing en el invierno de 1937, es un capítulo poco conocido en Occidente. Los aliados también contribuyeron a 'enterrarlo': Douglas MacArthur, comandante supremo de las fuerzas aliadas y encargado de la reconstrucción de Japón tras la contienda, concedió inmunidad a los médicos a cambio de los resultados de su investigación. Los tribunales de guerra de Tokio nunca juzgaron estos hechos y sólo la URSS procesó a una docena de implicados en el proceso de Jabarovsk, en 1949.
Así, la mayoría de personal del Escuadrón regresó a salvo a Japón, donde muchos se convirtieron en reconocidos políticos, médicos y hasta representantes del Comité Olímpico Japonés. Sólo unos pocos se arrepintieron de sus actos al final de sus vidas. Ishii, el ‘doctor muerte’, falleció en 1959 en su hogar, tras pasar una vida tranquila, aquejado de un cáncer de garganta. Tenía 67 años.